sábado, 5 de octubre de 2019

Redes Sociales de centros. modelos organizativos

Naturalmente, cada centro es un universo con sus mundos, pero puede partirse de tres modelos organizativos, desde el más sencillo al más complejo y adaptarlos a la realidad compleja de los centros educativos, de forma que mientras que, por ejemplo, un departamento que se declara no competente adquiere la formación necesaria, el Community manager educativo o alguno de los elemento de su equipo, puedan suplir estas carencias. Desde luego, la organización en equipo es fundamental y admite múltiples variables, incluso la incorporación de alumnado en alguno de los nodos.

1.- Modelo #CMEDUCATIVO DENDRITA

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2.- Modelo #CMEDUCATIVO NEURONAL

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3.- Modelo #CMEDUCATIVO SISTÉMICO

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3.- Modelo #CMEDUCATIVO SISTÉMICO-MULTIDISCIPLINAR

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martes, 17 de septiembre de 2019

Google Takeout

Ahora que almacenar en la nube de Google se está extendiendo mucho en la profesión docente, es muy recomendable conocer la herramienta Google Takeout, que permite exporta una copia del contenido de una cuenta de Google para realizar una copia de seguridad o utilizarlo con un servicio externo a Google.



Basta con acceder a https://takeout.google.com y seleccionar los productos que queramos descargar. He aquí alguno de los más usuales:

  • Blogger: Tus blogs de Blogger, incluidas las entradas, las páginas, los comentarios y los vídeos, así como las opciones de configuración y tu perfil de Blogger.
  • Calendar: Los datos de tu calendario en formato iCalendar.
  • Chrome: Los marcadores, el historial y otros ajustes de Chrome.
  • Classroom: Tus clases, publicaciones, envíos y listas de Classroom.
  • Contactos: Los contactos y las fotos de los contactos que has añadido, así como los contactos que se han guardado durante tus interacciones en productos de Google como Gmail.
  • Correo: Todos los mensajes y archivos adjuntos de tu cuenta de Gmail en formato MBOX.
  • Drive: Archivos de tu propiedad que tienes almacenados en Mi unidad y Ordenadores.
  • Google Fotos: Tus fotos y vídeos de Google Fotos y otros servicios de Google, como Google+, Blogger y Hangouts.
  • Hangouts: Tu historial de conversaciones y archivos adjuntos de Hangouts.
  • Keep: Todas las notas y los archivos multimedia adjuntos almacenados en Google Keep.
  • Maps: Tus preferencias y sitios personales de Maps.
  • Marcadores: Tus marcadores almacenados.
  • My Maps: Mapas, capas, funciones y elementos multimedia almacenados en My Maps.
  • Perfil: Configuración e imágenes de tu perfil de Google.
  • Tareas: Tus tareas abiertas y completadas.
  • Versión clásica de Sites: El contenido y los archivos adjuntos de los sitios web que has creado con la versión clásica de Sites.
  • YouTube: El historial de reproducciones y de búsqueda, los vídeos, los comentarios y otro contenido que has creado en YouTube

viernes, 13 de septiembre de 2019

Alerta virus


ALERTA VIRUS




EVITA LOS VIRUS




PROTÉGETE



CONSECUENCIAS DE LOS VIRUS



ME HE INFECTADO


domingo, 1 de septiembre de 2019

Confieso que he aprendido (I)


Tenía que elegir una foto y esta es mi foto (nada menos que de Rosa Pérez Romero) preferida, la que me resume: esperando la clausura de Utopías Educativas (edutopía) de ni sé qué año; en jarras, porque este oficio es de estar en jarras siempre (por el alumnado al que amamos con todas nuestras fuerzas, casi con las mismas que nos odian a última hora cuando llegan al IES); por la administración, que muchas veces nos quiere y otras nos ha odiado con todas sus fuerzas; por las familias, que son capaces de querernos y odiarnos con la misma intensidad...; con esa estrella o sol (o lo que sea ese círculo tan chulo que dibujó Cruz Navarro Durá, ya he nombrado a la primera), de la mañana, de la tarde o de la noche (que las estrellas siempre están, incluido el asteroide B612 en el que habito desde que me leí al principito, que me repaso una vez al año para no perder la inocencia); en una salida de emergencia, que nunca se sabe, y esperando algo que, seguramente, no estaba en el escenario porque miro hacia el otro lado con mis gafas de ver o de no ver (casi todo lo que pasa en la vida pasa fuera del escenario).

Mañana, 2 de septiembre, empiezo el último curso que acabaré antes de dejar el oficio. Mi cumpleaños siempre ha marcado mi vida académica o, mejor, escolar: lo he celebrado entre los exámenes de septiembre consustaciales a un adolescente que pasaba los veranos entre la cosecha de melones y la cosecha de suspensos desde cinco y hasta ocho en su aniversario de los que no fui capaz de superar hasta mi cuarto de bachillerato (el antiguo, claro) allá por el 1974, con la reválida de corbata de goma (nunca olvidaré el puñetazo con el que Romo escachó mi perfecta pirámide de cartulina en un 2 de septiembre del 72 -aprobé las manualidades dos años después-) . Lo he vivido como mi propia vida, porque los docentes nunca conseguimos librarnos de la escuela.

Ahora, a 366 días de dejar el tajo me he propuesto un reto: escribir el relato de esos días que me quedan hasta "la hoja roja", que es uno de los libros que todo el mundo debería leer, y hablar de todo lo que he aprendido y de la gente que me lo ha enseñado (con nombres y apellidos, amenazo) y de la mala gente que, también, me ha enseñado a no ser como soy (en ese caso los intentaré soslayar en el anonimato si soy capaz y aunque sólo se merezcan el escarnio público).

Empezaré mañana, un párrafo cada día, 365 párrafos, verano incluido, porque no me cabrá todo si no añado el verano, tantas y tan queridas son las historias y las personas de las que os voy a hablar.

365

(2/9/2019)
No me reconozco fuera de un aula. El otro día preguntaba @victorjuan en su twitter ¿en qué medíamos los años?. Yo los cuento en cursos, ahora, en realidad ya los descuento, y es que buena parte de mi vida personal y toda la profesional se ha desarrollado vinculada a la escuela, como alumno o como maestro. No había empezado aún los parvulitos de entonces cuando ya iba a lo que ahora llamaríamos guardería, no recuerdo el orden cronológico, pero sí tengo grabadas dos imágenes de dos lugares y dos personas diferentes de mi pueblo (Villafranca de Ebro). En un caso se trata de un día de lluvia y un desbarajuste de sillas pequeñitas en el cuarto que hacía de aula con la señorita Guadalupe, al lado del horno de Ortega; no sé qué puñetas estábamos haciendo, pero el caos de sillas es lo que se me ha quedado grabado en la memoria de aquella escuelilla de pueblo; y el caos siempre ha tenido un papel importante en mi vida, igual desde entonces. La otra imagen era en casa de Marisa, en la calle mayor, y tengo grabada una sensación de miedo que sigue, alrededor de 57 años después, indeleble; la primera sensación de miedo que recuerdo: nos hacía teatro de sombras y la silueta del lobo aullando antes de devorar a alguien me dejó una congoja inolvidable; el miedo se aprende y aquel día aprendí a sentirlo. Así sería yo por aquellos tiempos en una foto tomada en la peluquería de mi madre:

364

(3/9/2019)
La escuela de párvulos estaba muy lejos de la escuela de mayores y muy cerca de mi casa y aunque supongo que de muy pequeñajo me llevarían, mi recuerdo es haber ido solo desde siempre; ocupaba una larga sala en los bajos del Ayuntamiento y el recreo era la plaza, aquella plaza mayor primero de tierra y más tarde de cemento, donde tantas veces jugué desde entonces. Me veo yendo contento a la escuela con mi cartera roja de plástico, el plumier de madera, el cuaderno y la cartilla Álvarez, con aquellas portadas de niños y niñas un tanto inquietantes que después se convirtieron en personajes sesenteros más modernos, aunque ahora nos suenen a vintage (Recuerdo especialmente la del perro). Pero son el "Parvulito" (hay que ver lo que le cundía a Antonio Álvarez Pérez, que llegaría a editar más de 34 millones de ejemplares de sus libros, cuadernos y cartillas) y, por si el primero no tuviera suficientes referencias religiosas, el "Hemos visto al Señor" los dos libros que más recuerdo de aquella época junto con los cuadernos para trazar palotes por doquier y las primeras letras.





363

(4/9/2019)
Mi maestra de primeras letras fue María Pilar Postigo, la que siempre será para mí y para todos los que estuvimos en aquella escuela de párvulos de la plaza, la señorita Pili. Incluso años después, cuando yo ya era maestro y ella una veterana de la enseñanza, me costaba llamarla de otro modo que Señorita Pili. Con la Ley de educación del 45, entré a un aula "de verdad" con cuatro años recién cumplidos, mi bata y todo ese hambre por aprender que tenemos con cuatro años. Con ella aprendí a leer y a darme cuenta de que me gustaba leer, leerlo todo (hasta donde alcanzaba mi pericia, claro está), desde los rótulos hasta el mensajero de San Antonio que caía por casa cuando tocara; las cajas de comestibles o "el noticiero" (que dirigía Ramón Celma y sobre el que yo preguntaba a mi madre si era mi tío porque se llamaba como yo y tenía mi segundo apellido y, claro, todo el que tenía mis apellidos era familia como bien me habían explicado -menos mal que no me llamo García- ) o "el siete fechas", de aparición semanal, como su nombre indica, y al que yo llamaba siete flechas porque en algún número aparecían las flechas y el yugo que heredó el movimiento de los Reyes Católicos y con el que nos sometió el franquismo (asociar fechas con flechas fue una jugarreta mental que me hizo despreocuparme de que las del yugo sólo eran cinco). Por cierto, esos periódicos llegaban al pueblo a través del intercambio con Basi la huevera, que venía cargada de prensa y otras publicaciones para cambiarlas por huevos por las casas.


362

(5/9/2019)

Eran otros tiempos, entonces salíamos de párvulos leyendo y escribiendo de aquellas maneras, así que en uno de aquellos cuadernos de dos líneas y grapados (seguramente sería de cebras porque me encantaban las cebras) he encontrado el que podría ser mi primer texto descriptivo escrito con letra titubeante, decía así: "la señorita pili es joven y guapa", un poco más abajo añadí otra impresión para completar semejante alarde de perspicacia: "y alta". Con el tiempo, sobre todo desde que me dedico a la formación y puedo conocer más de cerca al profesorado, he aprendido que esa descripción, totalmente cierta, es aplicable a casi todas las señoritas Pili porque el colectivo de infantil es, naturalmente, alto si consideramos la diferencia de estatura entre la chiquillería y su profe, pero también porque se caracterizan por su altura de miras. También son jóvenes, siempre jóvenes, aunque, como yo, lleven a sus espaldas treinta y tantos años de agacharlas (mucho más que yo) hasta la altura de su tribu; el oficio lo requiere aunque al volver a empezar ciclo tengan tres años más mientras que la prole sigue teniendo los mismos tres, los mismos mocos y las mismas diversidades. Y son guapas, guapísimas, sobre todo por dentro, de lo contrario tendrían otro oficio. Ahora las cosas han cambiado mucho y he escuchado a alguna niña pequeña decir acerca de una seño sustituta: mi señorita se llama Pablo y seguro que Pablo es, a los pocos días de sustitución, joven, guapo, alto y, también, listo, como añadí todavía más abajo en mi cuaderno de dos rayas no contento del todo con mi primera descripción. Y es que los niños de párvulos antes y los de infantil ahora somos un poco pelotas.


361
(6/9/2019)

Mi primera visita a una papelería de las de verdad la hice acompañado de mi tío Carmelo quien, además de enseñarme todo lo que sé de trenes, me compró aquel día un puñado de lápices unidos por una cinta: ¡había comercios así: llenos de cuadernos, libros, bolis y lápices amén de otros objetos inverosímiles! Todo un despertar a una especie de fetichismo que ahí sigue: probar bolis nuevos, tocar texturas y gruesos de papel; cargar, en fin, alguna pluma de mi (pobre) colección y usarla hasta que se agota y limpiarla y guardarla hasta que la querencia del instrumento o de quien me lo regaló me requiera para honrar a otra. Este anacronismo es importante por dos razones: La primera es mi doble ligazón disyuntiva a la tecnología siempre emergente e ineludible y mi arraigo con esos instrumentos de escritura anticuados. Probablemente me habréis escuchado predicar que la escritura como grafismo manual está presta a desaparecer igual que desaparecieron los escribas y los escribanos y que la lectura será, ya está siendo, de otra forma; y que los maestros y las maestras no podemos nie debemos ser los garantes del pasado sino los porteros del futuro. Poco imaginaba yo cuando mi tío Carmelo Pescador, ferroviario y hombre bueno donde los haya, me insufló el aliento de los trenes (conscientemente) y de la papelería (involuntariamente) que vería desaparecer aquellos viejos trenes que viajaban a ninguna parte y llegaban a todas ni que mis adorados adminículos de escritura y lectura iban a pasar a ser especies en vías muertas.
En el pueblo no había papelería, pero estaba "casa de la Josefina", otra escuela de vida en la que convivían las cuatro claves imprescindibles en la infancia: las chucherías, el material escolar, los usuarios de mi especie y una librería andamiada a base de cuentos, tebeos y algún libro; entrar en la tiendecilla era entrar en un mundo soñado: dulces y salados (aquellos botes cuadrangulares que se apoyaban unos sobre otros y que encerraban gomicas -lo de las gomilolas ahora es otro mundo-, sugus -tal vez la primera marca comercial que conocimos junto con el colacao-, gusanitos con su corazón de regaliz... por citar sólo mis preferidas entonces. Y también algún helado: el "frisel" y el cucurucho primero, después los polos). Cuentos en un montón (aquellos con objetos reales como "Ramón el guardia urbano" y su pito de verdad o "la ratita presumida" con su escoba, el cascabel del gato...); pocos años más tarde llamarían mi atención los tebeos colgados de cuerdas (primero el TBO, luego el DDT, el Dindán, el Pulgarcito, el Jaimito...). Y, claro: lápices, de escribir y de colores; gomas de borrar para lápiz y para tinta (que acababan con la tinta mediante un agujero en el cuaderno); sacaminas (menudo gusto sacarle punta a un lápiz una y otra vez hasta que sólo duraba una semana); cuadernos (de dos rayas, de una, de cuadros -pequeños, grandes o milimetrados-, de caligrafía, de cuentas), grapados o, más tarde, de alambre...
Entrar en "casa la Josefina" era todo un ejercicio de matemáticas aplicadas a la vida real y de la vida misma, pues las pesetas y céntimos del bolsillo (o aquel pesetón de 2,50 de mi abuela Aurora o de mis tías algunos domingos de cada tanto) tenían que dar para el cuaderno de dos rayas y algún extra en forma de naticas o gusanitos, aunque fuera por la generosidad de Josefina y no por la propia capacidad de negociación. Una verdadera escuela de autonomía, porque allí te presentabas solo y sin compañía adulta, con las perras en el bolsillo y calculando en el camino el gasto, las sobras, la plusvalía y el ahorro, igual que ibas a comprar a la Cari, la Teresa, el estanco o José Luis (después la Amparito) una lata de algo, granulado para los bichos o sardinas rancias que se le habían olvidado a mi madre (a no ser que te encontraras por el camino al Coronel, pero eso ya será otra historia).


360
(7/9/2019)

Si lo sé, no vengo:

Mi llegada a la escuela de mayores fue con la Ley de 1945 sobre educación primaria. Para quien no la conozca, dejo el enlace a la norma educativa que más pervivencia ha tenido en este país (nada menos que hasta el año 1970, cuando fue sustituida por la Ley General de Educación de Villar Palasí, que llenó los colegios de fichas y jolgorio editorial. Qué penas (la de la ley franquista y la instauración del imperio de las editoriales sobre la enseñanza).

He aquí unas perlas de lo que me acompañó, y lo peor es que casi es lo mejor...

Una nueva Ley de Educación primaria, que por su propia esencia afecta tan hondamente a la substancia espiritual de un pueblo...

La nueva Ley invoca entre sus principios inspiradores, como el primero y más fundamental, el religioso. La Escuela española, en armonía con la tradición de sus mejores tiempos, ha de ser ante todo católica.

... se reconoce a la Iglesia el derecho que de manera supereminente, e independiente de toda po'testad terrena, le corresponde para la educación por títulos de orden sobrenatural, y la potestad que le compete, cumulativamente con el Estado, de fundar Escuelas de cualquier grado, y, por tanto, Primarias y del Magisterio, con carácter de públicas, 

Y en este aspecto, la Ley se inspira en el punto programático del Movimiento Nacional por el que se supedita la función docente a los intereses supremos de la Patria. 

Como obra fundamentalmente social, corresponde a la Familia, a la Iglesia y al Estado, y por delegación al Maestro, cuya noble misión se reconoce y proclama.

Artículo tercero .—Se reconoce a la Iglesia el derecho a la creación de escuelas primarias y de escuelas del Magisterio, con la facultad de expedir los títulos respectivos en la forma que se determina en esta Ley.
Se reconoce también a la Iglesia el derecho a la vigilancia e inspección de toda enseñanza en los centros públicos y privados de este grado, en cuanto tenga relación con la fe y las costumbres.

Articulo quinto— La educación prim aria, inspirándose en el sen tido .católico, consubstancial con la tradición escolar española, se ajustará a los principios del Dogma y de la Moral católica y a las disposiciones del Derecho Canónico vigente.

Formación del espíritu nacional
Articulo sexto.— Es misión de la educación primaria, mediante una disciplina rigurosa, conseguir un  espíritu nacional fuerte y unido e instalar en el alma de las futuras generaciones la alegría y el orgullo de la Patria, de acuerdo con las normas del Movimiento y sus Organismos.

Separación de sexos
Articulo catorce.—El Estado por razones de orden moral y de eficacia pedagógica, prescrioe Ha separación de sexos y la formación peculiar de niños y niñas en la educación primaria.

TITULO II
La Escuela
CAPITULO PRIMERO
Organización general.—Definición
Artículo quince. — La Escuela es la comunidad activa de Maestros y escolares, instituida por la Familia, la Iglesia o el Estado, como órgano de la educación primaria, para la formación cristiana, patriótica e intelectual de la niñez española.

Advocación
Articulo dieciséis. — Todas las Escuelas se colocan bajo la advocación de Jesús, Maestro y modelo de educación, 

De niños y de niñas
Artículo veinte.—Las Escuelas de párvulos podrán admitir indistintamente niños y niñas cuando la matrícula no permita división por sexos.
A partir del segundo período, las Escuelas serán de niños o de niñas, con locales distintos, y a cargo de Maestros o Maestras, respectivamente.
Las Escuelas mixtas no se autorizarán sino excepcionalmente cuando el núcleo de la población no dé un contingente escolar superior a treinta alumnos entre los seis y los doce años, edad limite para poder acudir a este tipo de Escuela. 

Articulo treinta y tres— El Estado, para atender a la niñez desvalida y proporcionarle educación adecuada, establecerá Escuelas especiales (para niños anormales y deficientes mentales y fomentará las de iniciativa privada. Asimismo creará y fomentará Escuelas, igualmente especiales, para niños sordomudos, ciegos y deficientes físicos. Todas se regirán por reglamentos peculiares. 

Menudo marrón se me esperaba, con flores a Porfía mirando caralsol con la camisa ¿negra, vieja, nueva...?


359
(8/9/2019)

Si dijera que mi paso por primaria fue así, no me alejaría nada de la realidad, pero, bueno (o más bien malo), contaré.

358
(9/9/2019)
En aquella escuela del año 1966, presidida por los retratos de Franco y José Antonio Primo de Rivera y por los principios del movimiento y abanderada por las tres enseñas del régimen, había dos aulas: la de las chicas con su maestra Doña Araceli y la de los chicos, con su correspondiente Don Tomás a quien me resisto a llamar maestro. A cada una se entraba por una puerta diferente, opuestas entre si, como opuestas y diferentes eran las enseñanzas que allí se impartían, y no lo digo porque las chicas llevaran un currículo sensiblemente diferente, salvo por alguna hora dedicada a las labores, sino porque la dispar capacidad profesional de ambos era tan palmaria que hasta el niño de seis años que era yo se daba cuenta de que le había tocado en suerte (mala) un incapaz pedagógico. En el aula, convivíamos, por llamarlo de alguna manera, treinta y tantos chicos desde los seis hasta los doce o catorce años, con poca disciplina pese a que era abundante en bofetones y punterazos y escaso aprendizaje y dedicación. Mi entrada en blanco de ayer bien podría haber ido en negro.


357
(10/9/2019)
El tiempo de aprendizaje transcurría nonótono entre salir a leer alrededor de la mesa de un maestro que raras veces se levantaba de su trono, por edades o por habilidades lectoras otras veces; de la misma manera, y no siempre, nos tomaba la lección, con la correspondiente pérdida de posición en el corro si no te sabías la respuesta y el punterazo en la mano abierta o sobre los dedos puestos en piña en caso de risas o cualquier otra indisciplina y según la gravedad del asunto. Con el puntero corría la leyenda de que si te untabas la mano con ajo, podía llegar a romperse, y eso hacíamos cuando sabíamos que sufrir el tercio de varas nos iba a tocar sí o sí, aunque sólo se rompía si apartabas la mano con el suficiente tino para que el palo diera con toda su fuerza en el canto de la mesa al no encontrar carne en la que cebarse. Ni con la lectura ni con el recitado de carrerilla de los contenidos tenía demasiados problemas: leía razonablemente bien, me gustaba (aunque las lecturas eran un peñazo de temáticas religiosas, moralistas, patrióticas o la misma lección que se explicaba por ese método), y tenía buena memoria para aprenderme las lecciones de una escuela esencialmente memorística, aunque cuando les cambiaron el nombre escolar a las cordilleras y dejaron de aparecer en los mapas la Carpeto-Vetónica o la Oretana, mi memoria se sintió traicionada por la Geografía, que me gustaba y empecé a darme cuenta de que memorizar no servía de mucho si me iban a cambiar los nombres cada dos por tres. Si digo que hacer dictados se convertía en una de las pocas interesantes de la vida en aquel aula, ya digo bastante. Los cuadernos de caligrafía y los de cuentas llenaban los tiempos muertos, que eran muchos y yo odiaba la caligrafía que nunca consiguió domesticar mi letra rebelde, resistente a seguir las pautas marcadas en las líneas de muestra, de hecho comencé a tener una letra más o menos legible (incluso para mí mismo) cuando dejé de hacer caligrafía. Las cuentas tampoco me fueron mal con las sumas y las restas, canturrear las tablas de multiplicar era otra de las faenas escolares habituales y todos teníamos a mano aquella cartulina con la que estudiábamos las tablas, aunque la Josefina no tardó en incorporar a su oferta de fungibles aquellos lápices decorados con las tablas y coronados por una goma, fue entonces cuando nos hicimos cuidadosos al sacar mina al lapicero, intentando por todos los medios preservar la tabla del siete, que era la más difícil y era la cuarta por la cola (recuerdo que nuestra lógica infantil cargaba contra los inventores del lápiz que, en su lógica adulta y poco práctica, habían decidido rematarlo con la tabla del 10, que era de las más fáciles).


356
(11/9/2019)

La escuela, todavia en uso, era (entonces de construcción reciente) el típico módulo de aula doble (niños y niñas) pensado para zonas rurales en la ley de construcciones escolares de 1953 un edificio de una sola planta y con acceso bajo porche en los dos extremos (uno para niños y otro para niñas) dividido por un tabique para separar ambas aulas. Estaba construida, como mandaban las normas de la época, teniendo en cuenta las condiciones climáticas de la zona, de forma que la fachada corrida de ventanas estaba orientada al Este-Sureste, mientras que la pared Noroeste carecía de ellas, para evitar así los rigores del fuerte cierzo de la zona y aprovechar el sol. En el porche estaban los retretes y al aula se accedía por un pequeño pasillo que arrancaba desde la puerta de entrada y que, además de servir para  protegerla del exterior al abrir la puerta, guardaba un cuarto de trastos a mano derecha y las perchas para colgar los abrigos. En el interior del aula se disponían las filas de pupitres de madera,  pareados, de aquellos con compartimento para el tintero y las plumas (que ya no usábamos), cajón donde guardar el material escolar y escaño abatible que permitía ponerse de pie, con el consiguiente gemir de visagras y golpe final contra el respaldo, cada vez que alguna persona mayor se personaba en el aula. A la derecha, una fachada de ventanas con persianas enrollables que daban mucho juego a la perversidad de la tribu. Al frente una pizarra, el mapa de España, las consabidas fotos de los próceres, el crucifijo, un armario de vitrina con escasas lecturas y la mesa del maestro con el globo terráqueo. En la esquina izquierda una estufa de leña que también daba mucho de sí para planificar gamberradas y todo el flanco izquierdo estaba cubierto por un encerado pintado. Completaba la decoración un reloj de péndulo cuya hora se adelantaba misteriosamente para el maestro sin que supusiera ningún misterio para el resto de los moradores de aquel ecosistema a veces, hostil.


355
(12/9/2019)

El patio de recreo era de tierra y estaba delante de la escuela, separado por un muro de ladrillo y rejas de la carretera. Había un poyete redondeado de menos de un palmo en su parte más alta que separaba el lado de las chicas (mucho más pequeño) del de los chicos y pese a que coincidía más o menos por la puerta de la verja y por allí pasábamos todos al entrar o al salir de la escuela, nadie, y digo nadie, osaba traspasar esa endeble frontera durante los recreos, de forma que una norma no escrita ejercía de figurado muro de Berlín entre los dos lados del patio y permanecíamos separados y cada uno a nuestro rollo. Es cierto pues que los muros no siempre son físicos y que algunos los levanta la mentalidad (los mayores podían acusarte de marica si pasabas al otro lado) y la ideología. Su rollo era más de goma y comba con canciones, el teje, juegos de pasillo al son de la viudita del conde Laurel... Su exiguo trozo de patio no daba para mucho más. El nuestro era, a veces, calmado (las chivas que comprábamos o nos hacíamos de barro, alguno nos saltaba por encima cuando estábamos agachados al grito de San Blas ya no crecerás más; los recorridos de chapas que podíamos adornar con cromos de ciclistas recortados para darles más verosimilitud; la taba, que ya tenía un componente violento pues también entraba en juego un cinturón... o, simplemente, cambiábamos cromos de vida y color o de fútbol con cuidado de que no nos vieran los mayores y nos quedáramos sin nada. Otras veces nuestro rollo era movido (el marro, la cadeneta -ni siquiera el último de la cadeneta, impelido por la inercia, traspasaba la divisoria entre recreos, si hacía falta, se soltaba, sardinica montaencima o churro va con el consiguiente peligro para nuestras espaldas infantiles cuando alguien se tiraba a peso mierda...). Los mayores no siempre jugaban, también iban a su rollo y se apostaban a los chinos algún cigarro que fumaban en un recreo casi nunca vigilado, en el retrete, por detrás de la tapia del recreo o, incluso, en el aula durante las clases, que de todo había. Siempre se producía algún incidente no previsto de riñas, patadas, pedradas... por parejas o tumultuosas, al fin y al cabo lo que hacíamos durante los recreos era toda la actividad física que se podía hacer en aquella escuela sin gimnasia (entonces, aunque no existiera, se llamaba gimnasia). El balón prisionero (si lo había) o el pañuelo, eran las únicas actividades comunes, que no compartidas entre los habitantes de un lado del patio y las habitantes del otro. Lo curioso del caso es que, en la calle, nos mezclábamos para jugar a 1-2-3 chocolate inglés o, sobre todo en las noches de verano, a esconder cucas. Eso sí, la única limitación era el fútbol, que estaba tan claro que era cosa de hombres que a ninguna chica se le hubiese ocurrido, así aprendíamos entonces y así nos va ahora en algunas cosas.


354
(13/9/2019)
Hay quien me lee y se despierta a la nostalgia, pero cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, tal vez lo veamos así porque la niñez, pese a todo, nos suele traer buenos recuerdos a quienes no hemos vivido traumas insalvables, pero me quedo con el enunciado perogrullesco de la genial Nieves Concostrina: cualquier tiempo pasado (sólo) fue anterior. Y es que esa niñez añorada, de aventuras, juegos y amigos tiene también personajes que responden a ese cartel que hay en algunos bares y que reza: "hace un día estupendo, ya verás como viene alguien y lo jode". Tal vez no éramos muy conscientes entonces, al fin y al cabo nos reíamos mucho (a veces), pero creo que todos los que pasamos por aquella escuela de chicos hemos lamentado después tener a aquel personaje, que concretamente a mí me tocó entre los seis y los 10 años, por maestro, así que aprovecho que es viernes y 13 para mostrar la cara menos amable de mi aprendizaje. Algo me debí de oler poco después de incorporarme a la escuela de los mayores cuando, según recuerdo, llegué un día a casa y conté asombrado (reconozco que era algo marisabidillo) que había algún mayor que no sabía leer y que algunos leían muy mal; no recuerdo la reacción de mis padres, pero seguramente no dijeron nada pues entonces el maestro era una figura a la que había que honrar y respetar, al fin y al cabo llegué al aula preparado para responder a su ¿Cómo te llamas guapo? -Ramón, para servir a Dios y a usted, que era lo que se decía entonces de la misma manera que se contestaba con un "servidor" cuando en la escuela mencionaba tu nombre, o con un "presente" (que tenía, además del hecho de estar allí, una reminiscencia falangista). Aunque intentaré ser lo más amable posible, diré que aquel hombre se nos dormía en clase cada dos por tres, sentado en su trono y se despertaba algunas veces con los cordones de los zapatos entrelazados por algunos zapadores que se arrastraban bajo su mesa, de forma que todos estábamos pendientes de su despertar previsiblemente aparatoso y no de nuestras escasas tareas. Con esto se resuelve también el misterio del reloj de péndulo que adelantaba las horas del recreo y de salida. Ni su querencia por el puntero en sus modalidades de mano extendida ("apara la manita, guapo") o en piña ni sus bofetadas, muchas veces dobles en un aplauso sobre nuestras caras, conseguían imponer una disciplina que no se ganaba; de hecho, alguna vez lo vi corriendo entre los pupitres encorrido por un alumno y pidiendo a gritos que se lo quitáramos de encima. Esa manía de dar bofetadas pareadas le costó un buen remojón una tarde que mi primo Carmelo y yo llegamos tarde porque nos habíamos entretenido en un paraje al que llamábamos "la selva y sus habitantes" (un juncal en el que nos hacíamos casetas), mientras yo entraba a clase y recibía la bienvenida correspondiente, mi primo fue al grifo y entró con los mofletes hinchados que, al recibir el aplauso abofeteador, expulsaron el agua sobre el maestro. En aquel aula se enredaba, como en cualquier otra, pero también se fumaba, se preparaban trampas con las persianas para que cayeran en el momento más insospechado, se recolectaban gomas para echarlas a la estufa de leña y que produjeran la correspondiente humareda y hasta vi a algún mayor masturbarse sentado en el suelo con el consiguiente escándalo de mis pocos años. También se cantaba, yo era uno de los intérpretes, lo reconozco: "anda majo, canta esa canción tan bonita que se titula cuando salí de Cuba" y es que me la sabía de memoria y no debía de entonar mal, así que me ponía de pie y cantaba entre el regocijo correspondiente de mis condiscípulos. Recuerdo que le dije que no sabía dividir y mandó a mi primo Javier para que, en un rincón de la pizarra, me fuera enseñando, mientras él se dedicaba a sus uñas, mucho más interesantes que yo, dónde va a parar. Así que aprendí a dividir y a hacer la prueba de la división gracias a mi primo Javier y aprendí otras tareas matemáticas por la intercesión de mi madre, primero, y de algunos de los hermanos Almarza, que se venían a merendar a casa a cambio de alguna enseñanza.Y todavía, después de clase, cono no teníamos bastante ración de nada, nos quedábamos al repaso (pagando, claro) porque a nuestros padres les parecía que así tendríamos el favor del maestro, no creo que fueran tan ilusos de pensar que íbamos a aprender más con aquel elemento que, un día cuando entrábamos a esas clases extras, nos mandó a casa resguardado contra la pared del pasillo y apestando a mierda porque se había cagado encima. De todo se aprende, de esa escuela tan poco recomendable, más.

353
(14/9/2019)
Es cierto: para educar a un niño o a una niña hace falta la tribu entera y más con la escuela primaria que nos tocó vivir. Aprender en un pueblo no es difícil: la autonomía enseña mucho y hay que reconocer que la infancia en los pueblos, en aquellos pueblos sin apenas coches ni otros peligros estaba beneficiada por un nivel de autonomía inimaginable en las ciudades (de entonces y de ahora) ni en la niñez actual. Salíamos de la escuela corriendo carretera abajo (una parada de un segundo para saludar a mi tía mercedes que vivía justo al lado, si me acordaba) y a casa, justo en la otra punta del pueblo, en un plis-plas. Abrir la puerta (que siempre estaba sin llave si había alguien dentro o con la llave colgada tras el ventanuco que adornaba la puerta si no  había nadie), arrojar la cartera, coger la merienda que ya estaba preparada y a la calle (no había tele en casa), y la calle enseña mucho: a convivir, a compartir, a jugar... Me maravilla que ahora sean los padres o las madres quienes enseñan a correr en bicicleta, por ejemplo; entonces se aprendía a correr en bicicleta sin más, tuvieras o no tuvieras bici, se aprendía, a base de tozolones contra el suelo y desconchones en las rodillas (mi madre dejaba preparados en una silla de la entrada la mercromina, el alcohol, el agua oxigenada, esparadrapo y algodón). El pueblo era una escuela, porque esa tribu entera, te conocía, te controlaba, te hablaba, te preguntaba y se lo decía a tu madre si algo no cuadraba.

352
(15/9/2019)
Si el pueblo era una escuela, el aula principal era mi casa; en una economía de subsistencia como la que vivíamos entonces, con mi padre jornalero y agricultor de cuatro corros de tierra y mi madre, primero peluquera y, más tarde haciendo alguna faena por las casas, en el hotel La Pepa y en la propia casa (todavía recuerdo aquellas postales folclóricas que llegaban por cajas y a las que mi madre añadía bordados y vestidos cosidos con la singer), el corral era el complemento a la economía familiar y toda una fuente de conocimientos de Ciencias Naturales con los que la sintética Enciclopedia Álvarez no podía competir por mucho que se empeñara en clasificar a los animales y de hablar de mamíferos, aves o reptiles. Y es que en mi corral había vaca a la que ordeñábamos para vender la leche, una parte venían a comprarla a casa con sus lecheras las vecinas del pueblo y la medíamos con jarras de medio litro, un litro... la otra parte se la llevaba un camión todas las mañanas: dejábamos la cántara en la puerta y listo; y echábamos la vaca al semental para que se quedara preñada y pariera terneros, así es que lo de la cigüeña no me cuadraba nada después de haber visto parir a la vaca un ternero que, tras un par de intentos se mantenía de pie y mamaba (el señor Álvarez me iba a explicar a mí qué era un mamífero). También teníamos burro, con su carro y sus aperos para ir al campo y hacer las faenas que, entonces, no hacían los tractores. Y tocina para criar, aquellos partos eran terribles y había que vigilar a la parturienta para que no devorara a sus hijos, y vender los lechones salvo un que nos dejábamos para criarlo y matarlo en casa y el día de la matanza, con Hilario y Perfecto de matachines y Rosario de mondonguera, era fiesta. Criábamos patos, geniales ellos recién salidos del huevo corriendo tras su madre po el corral en una cadeneta en la que el último iba derrapando; conejos, pollos que comprábamos en una granja de Valdefierro y poníamos en una caja con una bombilla en la recogida hasta que podían ir al corral,  palomas con sus pichones... Algunos bichos eran para venderlos a otras casas, otros para consumirlos nosotros. Y, claro, gatos y perra que entonces todavía no eran miembros de la familia, pero sí de la casa, y ratones que se comían los gatos y ratas que venían a comérselo todo y serpientes que salían de la acequia cercana y... Ser de pueblo suponía saber qué come un herbívoro, un carnívoro o un cerdo, que come de todo y como un cerdo o que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren (a veces a manos de mi padre, de mi madre o de mi abuela, según el tamaño y la docilidad de la especie) sin necesidad de estudiarlo en los libros. La casa enseñaba mucho, muchísimo de naturaleza y mucho de historias, sobre todo si tenías, como yo una abuela Catalina a la que le encantaba contarlas.

351-350
(16-17/9/2019)

Si la propia casa era una fuente de aprendizaje, también lo era el campo y esos cuatro corros de tierra que cultivaba mi padre eran todo un tratado sobre el entorno. Estaban en "Las viudas", "El Soto Lugar", "El Sotico", "El Tollo" y, cuando se parceló, en "La Mejana", el más grande, que no superaba la media hectárea. Aunque la mayoría de la tierra la dedicaba al trigo o al panizo (lo que la mayoría conoceréis como maíz), era el huerto lo que más cuidado requería y mayores experiencias proporcionaba. Preparar el plantero para las tomateras (después ya se compraba); seleccionar las pepitas de los mejores melones del año anterior, conservarlas, dejarlas grillar y sembarlas; ir a "Casa Gavín", al lado del mercado central de Zaragoza y recientemente cerrada después de tantos años, a comprar simiente de borraja, o a la vecina calle Manifestación a comprar un saco de patatas de siembra, cortarlas buscando la yema para sembrarlas (entonces eran raras las casas con coche, así que había que mandar el saco de patatas por transporte al pueblo en un camión que hacía los portes de toda la zona y que pasaba a recoger los encargos de los comercios zaragozanos en los que comprábamos todos, creo que eran de Nuez); comprar cebollino de Fuentes para plantar cuando venía el fuentero pregonando su mercancía por las calles; sembrar las judías (las de cuarenta días de vaina redonda) y las garrafales... Casi no teníamos árboles, algunos de cajero para consumo familiar: unos poco melocotoneros, una higuera que aflora hacia el interior (que siendo tuya no lo era porque era de todos -del caminante que decía mi abuela-), un par de cerezos, dos nogales enormes, un abugo y un peral de peras sanjuaneras (dos especies que prácticamente han desaparecido); esos pocos árboles servían para entender los ciclos de los frutales: la poda, la floración, la polinización, la conversión de esas flores en frutos. Allí comprobabas empíricamente que, pese a lo que decían los libros, no todo era tan sencillo como que de una semilla salía necesariamente una planta, porque una patata no es una semilla (eso me ha costado más de un disgusto con algún profesor de ciencias que no tenía muy claro lo de la gemación porque era de ciudad y sólo lo había estudiado pero no lo había visto nunca). Pero el campo comportaba muchas más faenas y lecciones (además de todas las relacionadas con medidas de superficie, capacidad o peso, las nuevas y las viejas -anega, cahiz, costal, arroba...-): cortar las cañas para hacer abrigos con los que proteger los cultivos del fuerte cierzo y para encañar las tomateras y las judías verdes; recolectar esparto para hacer fencejos con los que atar las gavillas. Regar (muchas veces por ador) y esperar a que todo creciera, poniendo cuidado en que el agua no tocara las matas de los melones, procurar que no se alunaran los tomates, que las plantas crecen más con luna llena y se llenan de agua por dentro porque la luna llena tiene esas cosas, que mejor sembrar las patatas en menguante y las acelgas o las lechugas en creciente, que los cardos se tapaban para protegerlos del frío y que había un cardo rojo y delicioso que se hacía en ensalada (hoy prácticamente desaparecido), que a los tomates les va muy bien el sol y muy mal la luna, que el melón para ser bueno tenía que pesar mucho y la sandía para ser buena tenía que pesar poco en relación a su tamaño (todo lo contrario que ahora cuando la genética las ha hecho hasta cuadradas y sin pepitas); que las habas había que dejarlas secar al sol, para trillarlas y aventarlas más tarde, y, sobre todo, como sigue sucediendo, que los productos no tienen el valor que les da quien los produce sino quien los compra, como sucedía con aquellos carros cargados de melones que vendíamos, después de pesarlos en la báscula (peso bruto menos la tara del carro y del burro), al mejor postor de entre aquellos tratantes que venían del mercado... Que cuando había gente delante no te podías cagar en ninguna divinidad, acaso en Sansón o en Santander y que "agricultor tonto, patata gorda" y otros muchos refranes relacionados con la agricultura. Que el fiemo del burro y de la vaca eran el mejor abono para el huerto y que en aquella economía de subsistencia no se desaprovechaba nada ni existía la obsolescencia y los melones podían aguantar colgados hasta Navidad o en vinagre los que ya no llegaban a crecer cuando el calor se iba, que los últimos tomates acababan madurando sobre un cañizo, que los pimientos se secaban y volvían a hidratarse cuando los guisabas, que las judías sobrantes se ponían en conserva casera, lo mismo que el tomate o el melocotón, que también se podían secar y que las gallinas y, sobre todo, los tocinos, acababan con todas las sobras, lo mismo que la cabra podía engullir cualquier cosa que encontrara por el corral. Una economía de intercambio, en la que tú dabas lo que te sobraba y el vecino te daba lo que le sobraba a él, lo mismo que me recordaban Julián y Alfonso con el mondongo y lo que Alfonso llama el presente(*). Y todo eso con un burro (Perico), hermano de Macario que era el burro de mi tío Ángel; un carro que primero era de grandes ruedas de madera y, después, de caucho; un arado de hierro con una reja y una vertedera intercambiables y una bici negra para ir al campo cuando no había que cargar mucho y en la que me costó mucho montar porque era alta y de barra, aunque aprendíamos a conducirla de malas maneras por debajo de la barra.

(*) Quien mataba ese día en casa pasaba una muestra de las viandas del mondongo (morcillas, bolas, morcillas de ancho...) a los vecinos, que correspondían cuando les tocaba mondongo a ellos. Lo mismo pasaba con las hortalizas, de forma que acababas teniendo de todo aunque no lo sembraras (yo comía uvas de la parra del tío Octavio y la tía Dorotea, que era viuda, tenía su cardo en navidad).


349
(18/9/2019)

Esa tribu entera que hace falta para educar a un niño que era mi pueblo y que son todos los pueblos, tiene nombres y, aunque son muchos más, si que me gustaría recordar a algunos porque han dejado solidariamente y sin saberlo alguna huella en ese aprendizaje para ser. De la casa, mis padres Irene y José me enseñaron, sobre todo, dignidad, respeto y amor por lo que que hago y dieron el mayor patrimonio del que pueda disponerse: la propia familia; no conocí a mis abuelos, pero sí a mis abuelas, con nosotros vivió mi abuela Catalina, y disfruté alrededor de veintiún años de sus historias de vida y de la sabiduría acumulada por una viuda desde muy joven y con cuatro criaturas, mi madre casi recién nacida, la guerra y toda la vida por delante. Mi otra Abuela, Aurora, a la que visitaba casi a diario mientras viví en el pueblo y duró ella, que me enseñó la dignidad de la escasez y el dolor de la muerte cuando todavía eres demasiado pequeño para asumirla y maduras de golpe para comprenderla. El ámbito más próximo a la casa es la calle, mi barrio bajo, ya al final del pueblo, al lado de las eras, de Campillos, del lavadero, del matadero y de la acequia de Urdán (la ordana que une a los pueblos de la margen izquierda del Ebro, desde el Gállego a la altura de Aula Dei), esa calle que era un trasiego de agricultores que iban hacia Campillos, carniceros a matar el cordero o la oveja que llevaban a corderetas, mujeres con baldes sobre la cabeza y pozales en la mano marchando hacia el lavadero... esa calle estaba habitada por buena gente, esos ancianos de la tribu sabios que te adoptaban y te querían. En los pueblos distinguimos entre el tío o la tía, con acento, que son la familia y el tio o la tia, sin acento, cuya condición adquieren por edad y que son, a veces, como si también fueran familia o más. Al lado, pegando a casa y en la que era mi otra casa por las horas que pasaba allí, el tio Octavio, una de las mejores personas que he conocido y, sin duda alguna, el campeón de los hortelanos cultivador de un huerto que daba gloria en el que ponía todo ese cuidado con el que lo hacía todo, y su mujer, la tia María, siempre preocupada por los chiquetes (sus nietos y añadidos, entre los que me encontraba), una estupenda cocinera de la que siempre recordaré el sabor de sus tortas de chicharros. En la casa también vivían Eutimia, su hija y viva imagen de su madre y Aurencio, del que me leí todos sus libros y que atesoraba aquella habilidad para dibujar y trabajar con las manos con las que trazaba al carboncillo, nos hacía escudos de fútbol plastificados para poner en unas camisetas que entonces no llevaban publicidad, números (si no se lo cosía la madre o la abuela) ni escudo y, más tarde, construiría aperos de labranza a escala y otras creaciones arquitectónicas; ellos eran los padres de Carlos (de mi edad), Javi, (un año más joven) y Ana (además de Begoña y Jorge que me pillan más pequeños), con los que compartí mi infancia y que éramos los chicos del Barrio Bajo. El tio Justo justorrina, que tenía una burrica y un carro adecuado a su tamaño y mucho más adecuados al mío que mi burro y mi carro. La entrañable tia Julia que se sentaba a su puerta con su mundillo y nos hipnotizaba con el movimiento de los bolillos y la perfección de sus labores, su charla incontenible y su buen humor hasta cuando parecía estar enfadada; su tele era nuestra tele y en su casa pasábamos veladas con el tio Vicente, su marido, que murió pronto seguido por su perro, al que encontraron sobre su tumba. Entre otros, completaban aquel consejo de entrañables ancianos, el tio Liberato, que leía cualquier papel que encontraba por el suelo y le encantaba buscar pulgas en el Plata cuando iba a Zaragoza; la tia Elvira y su hermano el tio Bienvenido, que se vino de Francia con sus hijos y dejó allí a su hija que venía los veranos cargada de su exótica (para nosotros) y creciente prole de franceses; el tio cudeba (Mariano) que llevaba uniforme de pana y gorra porque era el alguacil y pregonaba los bandos con su corneta la tia Carmen... Y había muchos más tios más allá de mi calle: el tio Candido, el tio Jesús, el tio Luis, la tia Angeles siempre en su mecedora, de la que fui vecino antes de irme a la casa nueva y que me cantaba aquello de Mariacristina me quiere gobernar por razones obvias para quien conozca a su nieta, mi quinta... Todos ellos tejían en aquella calle y en aquel pueblo un mundo de afectos en una red tan invisible como irrompible.


348
(19/9/2019)

Según me decía D. José, el cura de entonces, el primero al que bautizó cuando llegó al pueblo fui yo. Era un cura de los de entonces, de sotana, tonsura y aquellas gafas que se oscurecían con la luz que gobernaba con sus maneras a la vez autoritarias y afectuosas a una tropa de monaguillos de la que pasé a formar parte muy pronto. Éramos monaguillos de roquete blanco y sotana roja y ayudábamos al cura en el ritual de investirse para la ceremonia: primero el alba blanca, el cíngulo que había que darle por la espalda, la estola que besaba antes de colgarla al cuello, la casulla y, finalmente el manípulo, que en aquellos tiempos preconciliares todavía se usaba. Antes de la misa, había que preparar los objetos de culto: encender las velas (faena reservada al principio a los veteranos, que eran Julito y Raúl) que estaban altas y había que ir con una candela prolongada con un palo, preparar el cáliz, la palia con la que se tapaba el cáliz, el manutergio con el que se secaba las manos, el corporal que se extendía a modo de mantel para consagrar. También había que preparar las vinajeras, con agua y vino de consagrar que tomábamos de una botella guardada en la enorme alacena de la sacristía, la jarra y la palangana para el lavatorio... En las misas especiales, fueran de difuntos o de grandes celebraciones, se preparaban también el hisopo con agua bendita y el incensario, con su naveta para tomar una cucharada de incienso para verterla sobre la brasa de una pastilla de carbón previamente encendida y sobre la que soplábamos para avivar la combustión (otro de aquellos grandes momentos). En el momento de salir a la misa, la comitiva de monaguillos, nunca menos de dos y los domingos una tropa, salíamos detrás del cura, el más afortunado armado con la campanilla (que al principio era un precioso carrillón plateado de tres campañas -las tres Marías-) que se tocaba en la consagración y que, más tarde fue sustituida por una campaba sencilla de bronce. Pero lo primero, antes de vestirnos, era tocar la campana para llamar a misa media hora antes (el primero), quince minutos antes (el segundo) y justo antes de comenzar ya revestidos (el tercero), así que subíamos hasta el rellano anterior al coro, por una escalera ténuemente iluminada por un ventanuco de alabastro que, cumpliendo las leyes de la refracción de la luz, reflejaba en el muro de yeso una mágica imagen invertida de la plaza; hasta allí llegaba una soga que venía del campanario, atravesando los rellanos superiores por una sucesión de agujeros y que estaba conectado con el badajo de la campana grande. En el campanario, al que había que subir cuando se celebraba misa de difuntos, había tres campanas de forma que solíamos subir dos monaguillos a aquel armazón de madera lleno de excrementos de paloma resecos, de los que nos olvidábamos enseguida, para tocar las tres campanas, uno la grande y la pequeña y otro la mediana, Bárbara (Barbara, como la patrona), María y (si no me falla la memoria) Miguela, se llamaban. En fiestas y por Pascua se bandeaba, pero de eso solían encargarse los quintos. La vista desde la torre, la sensación de estar en lo alto, y la proximidad de las cigüeñas en la otra torre, constituían un aliciente para subir al campanario que siempre disputábamos, pero que el mosen (mira por donde en mi pueblo no tenía tilde) tenía perfectamente organizado. Si la primera faena era tocar la campana, la última era, con la iglesia en penumbra, apagar las velas con un palo acabado en capuchón que ahogaba el fuego, aunque las que estaban al alcance del brazo las extinguíamos mojando con saliva la punta de los dedos. Ya he dicho que entré de monaguillo en época preconciliar, así que los primeros años fueron de misa en latín y de espaldas a los fieles, frente a un magnífico altar de mármol blanco coronado por un no menos impresionante retablo barroco cuyo estremecedor lienzo central es un Arcángel San Miguel expulsando a un Lucifer retorcido en imposible escorzo pintado por Vicente Berdusán, una de las mejores obras del pintor cincovillés que he visto y una de las que pasan más desapercibidas en el catálogo del artista barroco, que bien merece una visita (Cuyo estudio detallado podéis encontrar en este trabajo de Carlos Suárez Cortés).


347
(20/9/2019)
De todo se aprende, también de la sacristía y allí aprendí de la importancia de los ritos y las liturgias, conceptos muy útiles para estos tiempos donde todo se licúa (desde el conocimiento a la sociedad misma, pasando por la información, las relaciones o la educación...) ya que me han dado cierta querencia por los procesos, los mitos y las raigambres, independientemente de las creencias, que no soy de los que defienden la presencia de la religión en la escuela ni por esas ni por otras razones. Acompañar al viático para ungir con los óleos a un moribundo puede parecer, a los ojos de hoy (que hurtan cualquier idea de sufrimiento y muerte a la infancia, como si la muerte no fuera un elemento curricular más, como si el fin último de cualquier persona fuera hacer raíces cuadradas y no, morirse), una barbaridad para un crío, pero vivir de cerca el sufrimiento y, después, la muerte en el entierro consecuente, alargó mi mirada y me fue preparando para las muchas muertes que vendrían después. Pero no todo eran tristezas ni agonías: salir a bendecir los campos recorriendo el inicio de cada uno de los caminos que llevan a las huertas; bendecir a los animales por San Antón (y, por la noche preparar las hogueras en cada barrio -la de cada uno era la más alta, claro-, recorrerlas todas para saltarlas o no, comer las patatas asadas o las pajaritas que se preparaban en la nuestra con unas cuantas pinochas de panizo pajaretero que siempre sembraba mi padre), la fiesta de la luz de la Candelaria, los toques de carraclas y matracas con las que los monaguillos recorríamos el pueblo sustituyendo a los toques de campana, encabezar las procesiones tres nonaguillos para relevarnos portando la cruz... Y vuelvo al inicio y al fin con la sentencia del Génesis "recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás" del miércoles de ceniza a cuya celebración íbamos toda la escuela, lo mismo que al principio del mes de las flores que, durante el resto del mes, se celebraba en la escuela y que, afortunadamente, esa laicidad todavía insuficiente del sistema educativo ha dejado restringidas al ámbito privado. Alguien que me sigue me preguntaba ayer si renegaba de esos tiempos de monaguillo y hubo quien hasta se extrañó de ese pasado. No, claro que no reniego, gracias a esos años adquirí sin saberlo, además del gusto por el ritmo lento y arraigado del rito y la tradición (a la que he ido añadiendo contemporaneidad porque cada uno somos hijos de nuestro tiempo), un bagaje impagable sobre cultura religiosa sin el que no hubiera podido disfrutar completamente, por ejemplo, de la belleza artística del Renacimiento o el Barroco romanos (o de cualquier otro lugar) ni siquiera del paganismo de esa ciudad o de cualquier expresión artístico-religiosa de musulmanes, judíos o budistas ni de la delicadeza de sus objetos rituales de culto. Claro que me cabrea que esas manifestaciones artísticas provengan más del apego ancestral de las religiones al poder que de su espiritualidad, pero la historia del mundo no se puede reescribir y así ha sido, sólo puede escribirse el futuro y eso no parece preocuparnos demasiado visto lo visto.


346
(21/9/2019)
La sacristanía tenía sus compensaciones, sobre todo si estabas dispuesto a levantarte los domingos de madrugada ya que asistir a misa primera, creo que a las seis o las siete de la mañana, suponía que la recaudación obtenida del óbolo de los fieles tras pasar la cajeta, que era como denominábamos a la colecta, pasaba a los vacíos bolsillos de los monaguillos asistentes, que solíamos ser tres y siempre los mismos (Julito, Raúl y yo), no sé si porque nuestros bolsillos estaban más necesitados e la exigua recaudación. Recuerdo un día, cuando el culto no se hacía en la iglesia, que estaba de obras para acomodar el altar de cara al público siguiendo los mandatos conciliares, sino en el almacén de Mariano habilitado al efecto, que el madrugón mereció la pena, pues oficiamos una boda de madrugada, en noche cerrada y escasos invitados, entonces me preguntaba por la razón de esa absurda nocturnidad, pero uno acaba comprendiendo las hipócritas costumbres de aquella mentalidad pacata, tan puritana como farisea. Mosen José motivaba a la tropa de monaguillos con iniciativas varias: famosas eran sus historias en un banco de la plaza, era un buen narrador de misterios y nos cautivaba alrededor de un banco contando leyendas que, para mí, se iba inventando sobre la marcha para mantener la tensión y dejar el hilo para el día siguiente cuando más interesante estaban aquellos cuentos, muchas veces tenebrosos, aunque las chicas no podían ser monaguillas entonces, sí participaban en aquellos corros narrativos. Por cierto, que no acababa de entender el impedimento para que ellas participaran en aquella tribu de monaguillos y el mosen me contestaba que tampoco podían ser curas contándome una historia de una Santa Teresa incapaz de mantener una caja cerrada que contenía un pájaro y que escapó al mirar dentro, como demostración palpable de la incapacidad femenina para guardar el secreto de confesión, menos mal que salí indemne de aquellas misoginias y machismos que nos metían en la cabeza. En la sacristía organizaba competiciones ciclistas o futbolísticas en las que cada uno éramos Anquetil, Poulidor, Ocaña o Merckx e íbamos ganando carreras a medida que hacíamos métritos. También fuimos capitales de provincia de España gracias a unos llaveros con el escudo de cada una de ellas que nos repartió (yo era Segovia) e hicimos una investigación sobre cada una de ellas (curiosamente lo que no hacíamos en la escuela, lo hacíamos en la sacristía). También recibí de él alguna clase de lengua, sobre todo de escritura preparando algún examen de ingreso o de becas, no recuerdo muy bien. Entre sus dinámicas para motivar a la manada, se incluían toda suerte de patadas en el trasero, pescozones (foetazos con la mano abierta sobre la nuca o cucazos con el puño cerrado y el dedo medio adelantado sobre la cabeza), tirones de orejas y otros de su invención; eran célebres sus entradas triunfales en la revuelta sacristía de los domingos dando patadas a diestro y siniestro sin que la sotana supusiera menoscabo alguno para su pericia. Durante la misa tampoco se cortaba un pelo y un mal servicio con las vinajeras podía obtener un cucazo o una patada involuntaria al pasar cerca de la campanilla que reposaba en el suelo recibía en correspondencia una patada en el trasero. En los tiempos de "la letra con sangre entra", el castigo físico era habitual, aunque siempre reconocía mayor ensañamiento en los propinados por el maestro (derivados de su frustrante impotencia docente) que en los del cura de aquella religión nacional-católica (o católico-nacional, que no sé cuál era el orden de prioridades) en la que Franco estaba presente en las preces y los niños y niñas españoles de pro estábamos vigilados bien de cerca por el ojo de Dios que todo lo ve.


345
(22/9/2019)
Comulgué de muy crío, un año antes que el resto de mis quintos; alguien se empeñó en que yo era muy grande y que si comulgaba con la quincena de coetáneos del 60 iba a parecer el padre, eso y que la quinta anterior a la mía era más bien escasa y había que compensar números, por lo que también incluyeron en el lote a Luis Manuel, que era más mayor todavía y que había esperado a Cristina (aquella Mariacristina me quiere gobernar, que me cantaba su abuela), que cumplía años unos días más tarde que yo. Así que hice la catequesis aprendiendo de memoria aquello de que los enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne sin entender muy bien qué pintaban la carne y el mundo junto con el demonio que, ese sí, era un enemigo del alma a todas luces, aunque me hacía un lío gordo porque en el cuadro de Berdusán que presidía el altar mayor de la iglesia no era uno, sino varios, los demonios a los que San Miguel expulsaba y ninguno llevaba cuernos ni rabo ni nada por el estilo.


344
(23/9/2019)
Aquel catecismo comenzaba por las oraciones del cristiano: la señal de la cruz, el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria, la Salve, confesión, contrición, credo, mandamientos (de la Ley de Dios y de la Iglesia), las obras de misericordia... Todas esas oraciones del cristiano había que aprendérselas de memoria, aunque algunas, como los actos de fe y de contrición tenían menos éxito y el credo, que era de los imprescindibles, siempre resultaba un poco lioso y acababas liándote con la oración de fe, esperanza y caridad, en fin, un follón. A mí las obras de misericordia me parecían bien, había unas espirituales que eran de cajón sobre todo aquello de enseñar al que no sabe o consolar al triste; después lo de dar consejo o corregir al que yerra, ya depende de quien yerre o a quien aconsejar, que la gente es muy suya; lo de perdonar las injurias constaba lo suyo, lo mismo que lo de la paciencia con los defectos del prójimo, mientras que lo de rogar a Dios por los vivos y los muertos lo hacíamos a diario en la escuela y en la iglesia, así que bien. Las otras, las obras de misericordia corporales, eran cosa de justicia social, de hecho salen, no sólo en el catecismo, sino en cualquier constitución democrática del mundo en términos más o menos parecidos, la pena es que, pese a haber formado parte de nuestra memoria cristiana (y digo bien, porque había que memorizarlas sí o sí), y de estar presentes en declaraciones, proclamas y constituciones varias, es que no hay manera de que acabe de calar eso de visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento y de beber al sediento y posada al peregrino, vestir al desnudo o redimir al cautivo; la única en la que ponemos empeño es la de enterrar a los muertos, algunas veces por razones afectivas y otras por cuestiones sanitarias; pero, en fin que esas las firma cualquier buena persona, sea cristiano, musulmán, budista, ateo o adorador de Kali.

No deja de ser curiosa esta ilustración del catecismo que representaba los siete mandamientos como siete jacks conectados al micro del crismón y que nadie entendíamos
343
(24/9/2019)
El cacareo memorístico del catecismo en la catequesis previa a la primera comunión consistía en una didáctica tan sencilla como implacable, aderezada con un dinamismo para el que había que tener reflejos, y pescozones varios. El texto no tenía pérdida: hacía las preguntas y daba las respuestas que había que recitar sin saltarse ni una coma: Todos y todas en corro delante del altar (curiosamente la catequesis era mixta, en una iglesia donde las mujeres se sentaban a la izquierda y los hombres a la derecha, y la educación no) con el cura en el centro disparando las preguntas en plan ametralladora. Si contestabas bien y rápido, porque no había opción a pensárselo, permanecías en el sitio si eras el primero en responder o avanzabas posiciones, adelantando a los lentos, olvidadizos o nerviosos en el caso de que la pregunta llegara rebotada; así que aquella hora era un carrusel vertiginoso de cambios de posición y frases recitadas a toda prisa y con cantinela. Los errores u omisiones se castigaban con la pérdida de lugar en el corro y con un foetazo si el error era de bulto o la omisión repetitiva. Mi buena memoria para aprenderme las cosas como un lorito ayudaba bastante y pese a no entender por qué la carne y el mundo eran enemigos del alma junto con el demonio (cualquiera se atrevía a preguntarl0...), yo lo cacareaba cuando me tocaba y listo, tanto era así que hasta guardo por ahí una banda roja con la frase bordada rey del catecismo que me coronaba como tal y que, creo recordar, lucí en alguna misa dominical (también había reinas, príncipes o princesas...). Entonces no me chocaban alguna de esas máximas de la instrucción catequética que, leídas después, dan idea de la ligazón entre la iglesia y el estado franquista, de forma que dentro del adoctrinamiento religioso se incluían los deberes para con la patria como parte de esa doctrina, las bulas por haber participado en la "santa cruzada" en el bando religiosamente correcto (claro está), y que el conocimento de los deberes (que no los derechos) para con el estado estaban a la altura del Padrenuestro, el Avemaría, los mandamientos y los sacramentos ¡toma ya nacional-catolicismo!


342
(25/9/2019)

Lo del lenguaje no sexista lo aprendí muchos años más tarde, pero si el catecismo te decía que nuestro prójimo son todos los hombres, la pregunta era fácil ¿Don José, y las mujeres?, la respuesta también lo era para un adulto, pero incomprensible para un niño: Las mujeres son prójimas. Menudo follón con lo de amarás al prójimo como a ti mismo. Pero bueno, como lo importante para hacer la primera comunión era estar en ayunas, pues a comulgar vestido de marinero, con el extremo del cordón que sujetaba el silbato en el bolsillo, pero con el silbato a buen recaudo en el bolsillo de mi padre hasta nueva orden, que me había levantado silbador aquel día y no la fuera a fastidiar en el momento más inoportuno.


341
(26/9/2019)
Hace un par de días escuché al insigne químico zaragozano Luis Oro afirmar, no sin razón, que llegan a ser científicos quienes consiguen sobrevivir al sistema educativo, y tenía su parte de razón porque la investigación, la creación (sea artística, literaria, pedagógica, científica o de cualquier otro tipo) requiere pensamiento y el pensamiento necesita más plantear y plantearse preguntas que obtener respuestas estereotipadas sin necesidad de haberlas preguntado. La escuela de entonces no admitía el pensamiento divergente, ni el pensamiento lateral, ni siquiera el inductivo, el deductivo o el analítico; en realidad no admitía más pensamiento que el pensamiento único y de eso se encargaba, además del propio sistema educativo, el señor Álvarez y su enciclopedia (en realidad sus enciclopedias, pues las había de primero, segundo y tercer grados y hasta para la iniciación profesional).


340
(27/9/2019)

La enciclopedia Álvarez de Primer Grado estaba presentada por un chaval sanote y rubicundo que en nada se parecía a los chavales, también sanotes, pero no tan rubicundos que éramos sus destinatarios y que ni llevábamos jerséis con un barquito de marca sino ropa heredada de nuestros primos (en mi caso) o hermanos mayores ni veíamos tan claro que en España empieza a amanecer, como parece sugerir la portada del texto dirigido a las criaturas de primero y segundo cursos de primaria. Ya en el índice indicaba qué lecciones eran para cada curso y en qué trimestre había que darlas, lo que amén de constreñir el conocimiento a la decisión del libro, excusaba al maestro de crear pedagogías o didácticas alternativas pues, al fin y al cabo, era el manual oficial que marcaba el régimen. Estba dividida por disciplinas, empezando, como no, por la historia sagrada y acompañada por atrocidades tales como utilizar la fábula de Samaniego que comienza por A un panal de rica miel... para concluir que las moscas que acudieron al panal murieron por golosas y Adán y Eva por egoístas, soberbios y desobedientes, y es que la obediencia era tan importante en aquella sociedad gregaria que aparecía en la religión, las matemáticas o la lengua. El estudio de la historia sagrada iba sembrando más dudas que certezas y como los descendientes de Set (el tercer hijo de Adán y Eva) se mezclaron con los de Caín (una vez muerto Abel) y, además de multiplicarse, se hicieron malos malísimos, fueron castigados con un diluvio; lo que ya no dice el autor del texto si esa multiplicación se hizo por gemación, esporulación o arte de magia, ya que de las mujeres nunca nada se supo desde Eva. La obediencia recurrente volvía con Abraham e Isaac y, la verdad, es que tanta obediencia acojonaba un poco y no fui el único que, cuando iba al campo con su padre (que entonces la zagalería ayudaba en las faenas, eso sí, distribuidas por sexos si había posibilidad -en mi caso no la había, así que lo mismo rompía vasos poniendo la mesa que pisaba las guías de los melones-), lo miraba de reojo no fuera que llevara idea de sacrificarme. Por allí aparecían Salomón, pero no la reina de Saba, David con la cabeza de Goliat, pero ni rastro de Judit con la de Holofernes... en fin una historia sagrada finamente seleccionada y aderezada con copias de caligrafía fina como aquella de "Quien se entrega a las pasiones labra él mismo sus prisiones" o aquella otra que decía "Niños y niñas: no os avergoncéis nunca de vuestra pobreza material, aprended de Jesús a ser humildes" que daba por hecha una realidad que ignorábamos: que éramos pobres y, por si acaso nos hacíamos conscientes de ello, que nos aguantáramos. Mira que tenía cualidades Jesús, pues nos lo presentaban como trabajador (que no  dudo que el chaval ayudara a su padre en la carpintería, como era costumbre), cariñoso y, claro está obediente. De vez en cuando, y por aquello de globalizar, la historia sagrada estaba salpicada de problemas. Había uno, ilustrado con la Virgen del Pilar de Zaragoza que decía: "Suponiendo que el apóstol Santiago llegó a España en el año 34 de nuestra era ¿Cuántos años han transcurrido desde entonces? Y todo ello y mucho más con preciosas ilustraciones a todo color, como aquella que ilustraba el domingo de Pentecostés con una lluvia de lenguas de fuego cayendo sobre la Tierra y que te hacía pensar en que mejor que el Espíritu Santo se quedara en casa.

339
(28/9/2019)
Los dos primeros ejemplos de literatura que proponía la materia de Lengua en la enciclopedia de primer grado eran Cervantes y Santa Teresa, a los que loaba como paladines de la lengua española y modelo a imitar con el siguiente texto: "Como Cervantes y Santa Teresa, yo prometo aprender bien la hermosa lengua castellana y emplearla después en provecho de mi Patria y de mi Dios" de forma que escribir bien se convertía no sólo en un acto de ardor patriótico sino en una experiencia religiosa; siempre he intentado redactar correctamente, pero no ha sido ni por patriotismo ni mucho menos por misticismo, sino por una especie de deuda con mi lengua materna a la que le debo comunicación, conocimiento y placer. Ningún otro escritor aparecía referenciado en aquellas páginas enciclopédicas, salvo el inefable Samaniego cuyas fábulas eran (casi) las únicas lecturas con las que nos obsequiaba el libro de texto y (casi) las únicas lecturas literarias que leíamos los niños de seis o siete años de aquella época alimentando nuestro espíritu con sentencias como:


También, como no, había lecturas religiosas en clase de lengua, véase el ejemplo mariano:


Lo de María débil mujer era tremendo, caer en la blasfemia que tanto denostaban por despreciar al sexo femenino, debía de estar justificado. Y es que en las cosas de los sexos y de los géneros gramaticales no se andaban con chiquitas (obsérvese la sutileza del redactor al sustituir perra y proponer vaca en la serie de femeninos correspondiente a Antonio, caballo, perro


En fin, que como portadores de valores eternos que éramos, nos tragábamos bodrios como éstos a cambio de lecturas literarias, no fuera a ser que leyendo al rojo de Platero fuéramos derechitos al infierno.

338
(29/9/2019)

Ni siquiera las matemáticas se libraban de la presencia divina y la bondad de Dios se convertía, según enunciado, en una cosa (palabra, por otra parte, de escasa enjundia teológica) que servía para deducir si era, como el montón de caramelos, una cantidad o, por el contrario, pertenecía a la misma categoría que la tristeza de un enfermo y no lo era. Si confieso la verdad, y repasando mi cuaderno de entonces, yo no lo debía de tener muy claro, porque cambié y borré varias veces los conceptos de columna, como lo demuestra el ejercicio emborronado y mi "no lo sé" que aparece al pie del ejercicio. Al verlo de nuevo, me han venido a la cabeza mis disquisiciones metafísicas de entonces: se puede tener mucho, poco o nada de miedo al trueno; un enfermo puede estar muy triste, triste a medias o partirse de risa si han venido sus amigos a verlo y le han contado un chiste y la bondad de Dios, así nos lo decía el cura, era infinita e infinita es más grande que la cantidad más grande que te puedas imaginar, un lío, vamos.


Otro rasgo característico de las matemáticas era que todos los niños que compraban caramelos o que no podían comprarlos porque les faltaba una cantidad que había que calcular tenían nombres en diminutivo y se llamaban Manolito o Tomasín (las niñas, no, las pocas niñas que aparecían en los problemas se llamaban Carmina o Luisa, sin medias tintas). Eso era muy raro porque en mi escuela esos mismos niños se llamarían Manolo o Tomás, sin ambigüedades, o ni siquiera eso, porque el mote siempre era el apelativo preferido y nos motejábamos como Mininas, Cota(yo), Picaraza, Coronel o Pelao, apodos generalmente heredados de padres o abuelos. En todo caso, si el padre se llamaba como el hijo, sí que se aceptaba el diminutivo, de forma que mi primo Angelito se llamaba así porque era el hijo de mi tío Ángel. A mí, la única que me llamaba Ramoncico (que no Ramoncito ni Ramoncín, que eran unas cursilerías propias de ciudad) era mi tia María.


337
(30/9/2019)
La primera lección de geografía de aquella enciclopedia eran los puntos cardinales y había que saber si la iglesia se encontraba al Norte, al Sur, al Este o al Oeste. Después venía la lección del pueblo, la provincia... Supongo que, acostumbrados a las películas de indios que proyectaba Pascual el Barbero (que era barbero, electricista y proyeccionista a la vez) los domingos en el salón (que hacía las veces de salón de cine y de baile para las fiestas), no nos extrañaban demasiado afirmaciones tales como que el alcalde era el jefe del pueblo y otras jefaturas parecidas, como la del gobernador civil; así pues éramos como aquellas tribus indias que dependían de un jefe, que tenía un jefe supremo que era el gobernador civil.


La definición de nación era tan sencilla como imperativa: había un jefe al que obedecían todas las regiones (que, según el libro, eran trozos en los que se dividía España para su mejor estudio, qué cosas), las provincias y los pueblos, sin más, la obediencia por encima de cualquier otra consideración. El mapa de esa nación española que nos enseñaba la enciclopedia de los pequeños era bastante peculiar y se dibujaba de esta forma llena de aristas, como la propia nación:


Cuando más adelante nos presentaban otro mapa de España menos esquemático esta vez con las provincias o con los productos de cada lugar, no era fácil acostumbrarse a que los dos fueran el mismo.



Y, por arte y parte del nacionalismo patrio, el río más largo era el Ebro, con sus 930 km, al fin y al cabo, parte de los 1007 km del Tajo discurrían por Portugal y eso no nos importaba nada a los españoles, por lo que el río quedaba amputado hasta los 910 km. Las cordilleras también eran otras y costó lo suyo desaprender que la Cantabro-Pirenaica eran dos más los montes vascos, que la Carpetana era el Sistema Central o que la Mariánica correspondía con Sierra Morena y aledaños.


No todo lo que aprendimos de memoria acerca de la Geografía Política española nos sirvió para toda la vida, y es que la enseñanza memorística tiene sus riesgos y los cambios hicieron que aquellas 17 regiones pasaran, con el tiempo, a ser Comunidades Autónomas y que no fueran las mismas territorialmente ni se llamaran igual y que las 54 provincias de entonces (47 peninsulares, 3 insulares y 4 africanas) se vieran reducidas a 50 tras la descolonización de Ifni, Sahara, Fernando Poo  y Río Muni donde dejamos sembrados problemas que todavía perviven con la dictadura guineana y la orfandad territorial de la nación Saharaui.

336
(1/10/2019)

El apartado de Historia de la enciclopedia de primer grado merece varios capítulos de análisis porque es un compendio de manipulaciones que reúne tantas medias verdades como falacias que han conformado una visión sesgada de la historia española en varias generaciones de españolitos actuales que cursaron su primaria con ese libro de texto o, ya en la EGB, con maestros y maestras herederos de aquella época que mantuvieron viva la fabulación histórica del régimen a algunos de los cuales conocí y reproché ya como compañeros de trabajo. Este hecho no es gratuito ya que buena parte de la ciudadanía hispana tiene grabado a fuego un concepto del pasado nacional que sigue siendo utilizado y manipulado por tertulianos y políticos varios para defender nacionalismos patrios tan recalcitrantes como interesados y que lejos de corregirse con las evidencias historiográficas sirven de base ideológica para nuevas tendencias políticas que hacen gala de un pasado supuestamente glorioso de la nación española y, lo que es peor, afectan a la convivencia interterritorial. Escuché el otro día a Arturo Pérez Reverte (personaje poco sospechoso de antipatriota) que, con motivo de la presentación de su última novela, Sidi, afirmaba: "Hubo una apropiación indebida del Cid; a su figura se le puso una camisa azul", y es que esos y otros parecidos han sido los mimbres con los que se ha construido el canasto de la historia de España que hace aguas por todos sus resquicios. Sirvan como ejemplo introductorio estas dos joyas de la primera lección de Historia:

Y es que aquí, seríamos antiguos, pero no prehistóricos


A ver, señor Álvarez o quien corresponda: cuando yo estudiaba con su ínclito libro, allá por 1966-68, en mi casa la calefacción consistía en una estufa de leña que estaba en la cocina, el agua corriente no había llegado a muchos pueblos españoles (al mío afortunadamente llegó en los primeros años de los 60), la nevera consistía en un armario de madera bien ventilado y colocado en el sitio más fresco y seco de la casa (por eso se llamaba fresquera y no llevaba enchufe), la primera tele que entró en casa fue una Vanguard en blanco y negro allá por 1970 y de las restantes comodidades a las que se refiere, cómoda, cómoda era la cama seguida de la mecedora de mi abuela.

335
(2/10/2019)

El mayor error histórico de la enciclopedia Álvarez fue dar por hecho que España existía desde siempre. Así pues la nación española (aunque no se aclara muy bien quién había aquí), fue recibiendo oleadas de altos y rubios celtas o de bajos y morenos iberos; más tarde de fenicios y griegos, que nos enseñaron un montón de cosas como el alfabeto (de donde se deduce que aquellos españoles andaban escribiendo en griego y en fenicio), la acuñación de moneda, a tejer, a conservar el pescado, a trabajar las minas y a cultivar vid y olivo; la de cosas que aprendimos de esta gente.
Pero hete aquí que los iberos se cabrearon con los fenicios y se leventaron e pie de guerra, por eso llegaron los cartagineses que destruyeron la ciudad de Sagunto, una ciudad que ha escrito una de las páginas más gloriosas de la historia patria, tanto que la lectura correspondiente afirma que: «Sucumbiendo con un heroísmo tan sublime, España dijo al mundo por primera vez y por boca de Sagunto que "esclavo no puede ser el pueblo que sabe morir"» (Versos de Bernardo López García en su oda al 2 de mayo, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid vienen al pelo en esta lección).
Después fueron los romanos los que se adueñaron de nuestro suelo Unos tipos malos malísimos que trataban a los españoles con crueldad y eso motivó que Viriato se rebelara; aprovechando que en Zamora hay una estatua suya, se inventan que nació allí con la misma precisión que encuentran las causas de las guerras numantinas en las lusitanas para ligar a Viriato con Numancia y justificar la, de nuevo, heroicidad de los celtíberos que la habitaban. De todos modos, y pese a "los malos tratos que casi todos los jefes romanos dieron a los españoles" y a que "los romanos se llevaron de España muchas riquezas", de los romanos aprendimos un montón de cosas como la lengua, las costumbres y a hacer puentes, acueductos, circos y caminos. Y, encima, generosos que somos los españoles, España dio a Roma sabios como Séneca y Quintiliano y emperadores como Trajano (que «por sus virtuosas cualidades fue llamado "Padre de la Patria"» -vaya usted a saber de cuál-), Adriano y Teodosio; cosa, por otra parte, poco entendible si nos hacían tantas putadas, a no ser que nacieran aquí pero fueran de allí, o sea que fueran romanos de alguna de las provincias de Hispania y no españoles de España.
Otro hecho histórico irrefutable era que "Al principio, los españoles no hacían caso de las predicaciones de Santiago, pero después de la aparición de la Virgen en Zaragoza, las cosas cambiaron completamente" y es que aquello debió de salir en todos telediarios y comentado en hic est malum (que tomates no había todavía), rosea condimentum y disputatio similares; por otra parte, "los santos niños Justo y Pastor, Santa Leocadia, San Fermín, San Vicente y otros muchos más, son nombres gloriosos de españoles que prefirieron morir martirizados por los romanos antes de renunciar a su fe", por eso el «Cristianismo ha sido "clave de los mejores arcos de nuestra Historia" y nuestros grandes capitanes, escritores, artistas y gobernantes han sido siempre fervientes cristianos»; obsérvese lo preparados que estábamos los zagales de entre 6 y 8 años de aquellas escuelas que teníamos clarísima la función que una clave cumple en un arco y entendíamos perfectamente la imagen tan bien traída a colación de una frase de José Antonio Primo de Rivera al que no se cita por si acaso. Como colofón y despedida por hoy, allí aparece una frase para copiar que reza "Si la Cruz de Cristo dejara de sombrear en el territorio nacional, España dejaría de ser España"; frase muy bien traída si tenemos en cuenta que la pronunció Alfonso XIII en un discurso pronunciado con motivo de su visita al Pilar de Zaragoza en diciembre de 1923 y la enciclopedia estaba hablando de romanos y mártires.
Con tamañas heroicidades aquí narradas, ahora comprendo el alcance de aquellas palabras que un reciente presidente español dejó para la posteridad: "Los españoles son muy españoles y mucho españoles". Pero, atención, que mañana vienen los moros y estará mucho más justificada.

Escultura de Viriato en Zamora, obra de Eduardo Barrón y que ilustraba la enciclopedia. Pese a lo que pueda parecer, Viriato no hace el saludo fascista, sino el romano del que deriva. Al pie de Viriato aparece la inscripción "Terror Romanorum"
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(3/10/2019)

Lo de los bárbaros asustaba un poco y la ilustración que encabezaba la lección no dejaba lugar a dudas de que eran unos bárbaros, aunque las garrillas del caballo y del jinete desdijeran un tanto el dramatismo de la escena. Claro que no todos eran iguales, pues los visigodos eran más civilizados y cuando llegaron a la muy católica España se convirtieron al catolicismo en un plisplás (seguramente habrían leído la lección anterior y se dieron cuenta de que aquí, si no eras católico no ibas a llegar a nada: ni a capitán ni a gobernante ni a artista o escritor), ya católicos y como iban de buen rollito "se entendieron tan bien con los españoles, que se mezclaron y formaron un solo pueblo: el pueblo hispano-godo, base de la cristiana nación española". Impresiona ¿eh?. Claro que de alguna manera había que explicar que fueron los visigodos los que mandaban los ejércitos que se enfrentaron a los musulmanes que estaban llamando a la puerta. Unos árabes que, "engañados" por las promesas de Mahoma, un tipo que "se fingió enviado por Dios" (no por Alá, sino por Dios) y cuyas "doctrinas impulsaron a los árabes".  Si damos por buenas las cifras aventuradas por San Isidoro de Sevilla de entre 150.000 ó 200.000 visigodos sobre una población de menos de nueve millones de hispanorromanos (los que la enciclopedia llama españoles) o la de 80.000-100.000 sobre alrededor de seis millones de hispanos, es difícilmente comprensible que una tropa capitaneada por Tariq de alrededor de 9.000 musulmanes, mermada en la batalla de Guadalete en 3.000, se plantara en Toledo, capital del reino visigodo, apenas cuatro meses después de aquel julio del 711 en que se produjo la invasión y que el reino visigótico quedara absolutamente desmenbrado, a no ser que los "españoles" (hispanorromanos más bien) y los gobernantes godos no tuvieran tan buen rollito como dice la enciclopedia e, incluso, estuvieran deseando quitarse de encima la opresión de los anteriores invasores y, a no ser, también, que buena parte del ejército visigodo vencido en Guadalete se pasara a un enemigo que le daba más garantías. Si a eso añadimos que hasta el verano del 712 no llegaron los refuerzos de otros 18.000 musulmanes (esta vez árabes, que no norteafricanos al mando de árabes), que en el 713 tenían controlado prácticamente toda la mitad sur de la Península y que en el 714 ya estaban en Zaragoza, podemos concluir que el personal de a pie y muchos de los de a caballo, dieron por buenos a unos nuevos dominadores que no les pedían demasiado a cambio y que la denominada Reconquista tendría que esperar mejores tiempos. Pero, claro, todo esto lo tuve que aprender más tarde, cuando conseguí desaprender las patrañas que me habían inculcado antes.

333
(4/10/2019)
Así que "los cristianos que no quisieron someterse a los árabes se refugiaron en las montañas de Asturias. Allí eligieron rey a Don Pelayo y derrotaron a los invasores en la célebre batalla de Covadonga. Los sucesores de Don Pelayo fueron reconquistando poco a poco las tierras de España". Y tan poco a poco, ocho siglos les costó el evento, y cada uno a su bola, con luchas permanentes entre los propios nobles y reyes cristianos de los distintos reinos de aquella "no España" en la que los musulmanes ejercían no pocas veces de aliados de unos u otros. La verdad es que lo de Covadonga, salvo algún que otro indocumentado que lo tiene clarísimo, no se sabe muy bien, ni siquiera la fecha: Entre siete y once años después de la invasión se produce el, llamémosle, hecho de Covadonga (la batalla, para unos, escaramuza para otros y ni batalla ni escaramuza para algunos), donde un visigodo, Don Pelayo, venció (o no), en todo caso a un destacamento de las tropas musulmanas (o no tan musulmanas, porque las tropas del obispo Oppas y él mismo formaban parte del contingente militar mandado por Al Qama); ni los historiadores actuales se ponen de acuerdo con la veracidad de la supuesta batalla de Covadonga ni los cronistas de la época la mencionan como un hecho reseñable (salvo dos siglos más tarde en la crónica de Alfonso III), sea como sea y por arte de la manipulación histórica, se ha convertido en orgullo de la nación española hasta el punto de que tanto el franquismo como algunos partidos ultras actuales, la utilizan como símbolo patrio de la reconquista territorial entonces o de la reconquista política e ideológica ahora. En el follón de la rápida conquista del territorio patrio y los ocho siglos de ocupación, aparecen dos figuras en la enciclopedia: Almanzor, que era "ambicioso y cruel", y el Cid, que "ha pasado a la Historia como modelo de caballero cristiano" y que era el "terror de los musulmanes", cuando, para quienes desconozcan su figura (recomiendo la novela "El Cid" de José Luis Corral o el más reciente "Sidi" de su enemigo íntimo Arturo Pérez Reverte), ese "modelo de caballero cristiano" no era sino un mercenario que lo mismo se ponía de parte de los musulmanes para luchar contra los cristianos o viceversa (seguramente, las únicas partes del héroe eran las suyas propias). Y es que ya lo decía el regeneracionista grausino (nacido montisonense) Joaquín Costa: "En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar". Pues eso, que no cabalgue de nuevo, que bastantes ladridos hay, amigo Sancho.

Bonita foto de Don Pelayo en los montes de Covadonga.
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(5/10/2019)
Aquella capciosa enciclopedia nos enseñaba que Fernando III acabó subiendo a los altares y ya convertido en San Fernando era el patrón de Frente de Juventudes (por cierto, en Calatayud todavía sigue existiendo la OJE) y que Jaime I de era un tipo alto, fuerte y, sin duda el mejor rey de Aragón; eso sí, no menciona para nada que Castilla y Aragón, además de Pamplona, eran reinos independientes que no formaban España sino Castilla o Aragón y nosotros tampoco lo deducíamos. Eso sí, de Al-Ándalus, nada de nada, ni siquiera una mencioncita a Abderramán III, por ejemplo, que ya era el octavo gobernante andalusí tras 200 años de presencia peninsular y que, ya puestos a nombrar a españoles y muy españoles, era hijo de cristiana del norte ibérico, nieto de vascona, viznieto del pamplonés Fermín Garcés, con tres partes de hispano-vascón y una de origen árabe, sobrino de la reina Toda de Navarra y, por tanto del Rey Sancho Garcés I y primo del rey pamplonés García Sánchez I con quienes, por cierto, lucharon contra el reino de León.(Recomiendo la lectura de la novela "El viaje de la reina" de Ángeles de Irisarri en el que cuenta el viaje que Toda y su hijo hicieron hasta el Córdoba para que los médicos de su pariente libraran al heredero navarro de su obesidad que le restaba méritos para ser proclamado rey de León, trono al que aspiraba). Pero claro, todo esto también lo tuve que aprender después, aunque algunos, como el consistorio de Cadrete todavía no se han enterado.


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(6/10/2019)
Era una enciclopedia machista que no se cortaba ni con Isabel de Castilla y es que la reina católica, tan virtuosa y ejemplar ella que la falangista sección femenina la eligió como modelo de las mujeres españolas, "no sólo fue una gran reina sino una excelente ama de casa". Y es que que no sólo hemos tenido que desaprender conocimientos sino también ese poso machista que nos dejó nuestra educación y que no sólo pervive todavía sino que se manifiesta cada vez más radicalmente.
330
(7/10/2019)
La manipulación de la Historia del libro era sutil y se producía por acción u omisión. Se trataba, en este caso, de lanzar y reforzar la idea de que los Reyes Católicos lograron unificar los territorios que actualmente conforman España en un solo reino. Para conseguirlo cuentan que Navarra era independiente y que en Granada estaban aún los árabes, pero olvidan añadir que Castilla y Aragón eran independientes entre si y que nunca llegaron a conformar un reino único bajo los Reyes Católicos, de forma que Fernando de Aragón, que sobrevivió a la reina 12 años, sólo tuvo el título de rey castellano mientras vivió su esposa (hasta 1504), mientras que tras la muerte de la reina fue regente de Castilla (a partir de 1507 y no sin problemas con su hija Juana y la nobleza), pero no rey al perder su condición de consorte. También olvida que Navarra vivió un proceso que se inició en 1512 (ocho años tras la muerte de la reina) cuando el territorio quedó bajo el reinado de Fernando de Aragón, pero adscrito a la corona castellana (nunca a la de Aragón) y que, tras la muerte de Fernando, en 1516, el territorio navarro se incorporó definitivamente a Castilla, ni a Aragón ni a esa supuesta España que todavía no existía como tal entidad política; en realidad Navarra no se controló totalmente y mantuvo guerras contra los castellanos hasta 1524 (8 años después de muerto Fernando). Sería mucho pedir, pero nada se dice tampoco de que el motivo por el que Fernando volvió a casarse con una chica 35 años menor que él (Germana de Foix que, más tarde sería la amante del nieto del rey católico) era su deseo de tener un hijo al que legar el la corona aragonesa pues esa unidad de España de la que hace gala la enciclopedia sólo le provocaba rechazo y puso tanto empeño en ello que los afrodisiacos acabaron con su salud y con su vida (pero bueno, esta historia ya no era tolerada para menores).


329
(8/10/2019)
Desde los Reyes Católicos, la historia de la enciclopedia, que es una historia así, con minúscula, es una sucesión de ocurrencias del autor: habla del descubrimiento de América; de la imprenta; de Carlos I (que fue un gran católico y que defendió la religión con todos los medios a su alcance, olvidando el saqueo de Roma cuando las tropas imperiales lucharon contra el Papa, encerrando prisionero a Clemente VII); otra vez de Santa Teresa de Jesús; de los misioneros en América ya que "con una paciencia y un espíritu de sacrificio sin par en la Historia nuestros frailes enseñaron a los indios a leer, escribir y rezar", aunque me da a mí que el orden no era ese precisamente; de Hernán Cortés y de Pizarro; de Felipe II (prudente, católico y justo) y de su batallas de San Quitín y de Lepanto; de Santa Rosa de Lima (insigne personaje histórico donde los haya). A los austrias menores ni los nombra, pero para cubrir el hueco histórico, "vivieron en nuestra Patria los más grandes escritores, artistas, sabios y santos de todos los tiempos", por eso "el Siglo de Oro es un periodo que coincide con el reinado de Felipe II y siguientes" (me parto con lo de siguientes). Y así, de un salto, llega hasta los borbones, que tampoco le caen muy bien al señor Álvarez pues Felipe V perdió el peñón de Gibraltar, Felipe VI cometió el error de expulsar a los jesuítas y Carlos IV fue derrotado en Trafalgar, además "el espíritu cristiano de los españoles decayó mucho en su tiempo" (¡Cachis...!).

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(9/10/2019)
La Historia Contemporánea se liquida en un plisplás: dos lecciones, una para la Guerra de la Independencia, con Agustina de Aragón como heroína,  y otra para lo que el capcioso llama "la guerra de liberación". Sin solución de continuidad pasa de la primera a la segunda indicando que, como en el primer caso, "otra vez volvió España a estar mal gobernada (...) y nuestra Patria estaba a punto de caer en manos del comunismo", vamos que por eso Franco lio la que lio y, desde entonces, "España vive en paz y está gobernada sabiamente por nuestro invicto Caudillo". Una paz construida a base de terror, represión y condenas a muerte; que se lo pregunten a los soldados que lucharon y murieron en la Guerra de Ifni entre el 1957 y 1958 en la que, por cierto, el supuesto invicto fue vencido. La ilustración de la enciclopedia es especialmente significativa de la lucha franquista no contra la II República sino contra el comunismo y es que hasta las imágenes hablan.


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(10/10/2019)
El ex-Decano de la Facultad de Educación, Enrique Garcia anda preparando la exposición que conmemora el 175 aniversario de la actual Facultad de Educación (y que se inaugura el 6 de Noviembre), en otros tiempos Escuela Normal de Magisterio. Me ha pedido que acelere y que cuente alguna cosa de mis tiempos universitarios, así que voy a iniciar un viaje de vida y vuelta para acercarme a la Universidad y volver a la infancia después.
Era octubre de 1978 (entonces las clases en la Universidad empezaban acabado el Pilar) cuando comencé mis estudios de Magisterio después de aprobar la selectividad. Aquel año entramos muy pocos en la Universidad, procedíamos de un COU condicional que era como el coche escoba que cerraba la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 1953 (modificada para cambiar el PREU por el COU adaptándola a la del 1970), una especie de paréntesis ocupado por quienes habíamos perdido un año por alguna circunstancia hasta que llegara al campus y al año siguiente la primera remesa procedente de la Ley General de Educación del 70 (los que fueron a la EGB) que añadía un año más a las enseñanzas medias. Dado que la EGB precisaba de profesorado especialista en el ciclo superior (6º, 7º y 8º), las especialidades eran Ciencias Humanas (la más solicitada: éramos tres grupos, uno de tardes y dos de mañanas), Ciencias (con Matemáticas), Lengua Española e Idiomas modernos, Preescolar y Educación Especial. Yo me matriculé en el grupo de tarde de Ciencias Humanas, así podía compatibilizar los estudios con mi trabajo nocturno en el Hotel La Pepa, que permanece abierto en mi pueblo.


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(11/10/2019)
Siempre recordaré el primer día de clase en magisterio cuando, subiendo por las escaleras hasta la última planta, donde estaba mi aula, me topé con un enorme Mázinger Z pintado ocupando todo el paño del rellano; desde ese día tomé, al igual que otros, la costumbre de saludarlo cada vez que pasaba por delante y es que, no sé si lo recordaréis, la canción de la serie de dibujos animados decía "Mazinger es fuerte y muy bravo. ¡Es una furia!", pero si escucháis atentamente el corte de la canción cantada por los Petersellers, no es precisamente eso lo que se entiende. No era la única pintura que decoraba las paredes del edificio: la puerta de una de las aulas estaba enmarcada por una lata de la que salían personas en una clara ironía sobre la masificación y que muchos años más tarde recuperé, cuando me tocó dar clase en un aula mínima del IES Zaurín a la UIEE (unidad de intervención educativa específica, casi nada) y al entonces PCPI (formación profesional inicial) en la que era difícil moverse entre las 15 mesas en las que había que encajar literalmente a otros tantos adolescentes; entonces bautizamos nuestro perfil de twitter con el bonito nombre de "como sardinas en lata".




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12/10/2019
Como va de la escuela de Normal Magisterio y hoy es fiesta, me bajo al bar.

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15/10/2019
Días complicados que no me han dejado seguir este hilo de mi vida educativa que es una buena parte de mi vida. Antes del Pilar me quedé en el bar y allí sigo porque el garito del sótano era, junto con el Montesol, en la esquina de San Juan Bosco con Franco y López, el punto de encuentro y de recreo de la tribu estudiantil de la escuela. Los de tarde no éramos mucho de bocata de tortilla de patata y cerveza, que triunfaba por las mañanas, así que yo, como llegaba pronto del pueblo, me tomaba todas las tardes el café y, si se terciaba, algún guiñote, no era muy de faltar a clase, pero si la partida se prolongaba, la primera clase podía peligrar. También había mucho concicliábulo para organizar alguna movida reivindicativa, que fueron muy abundantes sobre todo durante el curso 78/79.

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16/10/2019
Esos conciliábulos del bar se reproducían una y otra vez para organizar asambleas turbulentas en el salón de actos porque el curso 1978/1979 fue un año convulso. Por una parte, en poco tiempo se iba a votar la Constitución del 78 y había posturas muy radicalizadas en aquel asunto; todavía andaban por la Universidad grupos fascistoides como los "guerrilleros de Cristo Rey"que seguían con sus escaramuzas violentas, exacerbadas en Aragón como reacción a la reciente manifestación a favor del estatuto de autonomía el día de San Jorge (día en el que, por cierto, ascendió el Real Zaragoza a primera ante el Alavés); por otra parte, partidos tan representativos como el PSA preconizaban la abstención y otros a la izquierda del PC, el rechazo a la Constitución; el otoño, además, fue el momento de la operación Galaxia. Si la situación política incidía en una Universidad muy politizada, la situación laboral también tenía sus repercusiones: veníamos de la huelga general del 5 de abril; el conflicto de los profesores universitarios "penenes" requería apoyos y mermaba horas de clase; el magisterio en el que aspirábamos a entrar se había declarado en huelga a finales de la primavera anterior, sufriendo graves sanciones y despidos de profesorado no funcionario... Por su parte, las grandes movilizaciones universitarias impidieron la aprobación de la Ley de Autonomía Universitaria en 1979 y, finalmente, acababan de conceder el acceso directo cuerpo de profesorado de EGB a la escuela privada, de forma que, como los de la pública, quienes acabaran su carrera en aquel centro eclesiástico con un expediente brillante y sin un solo suspenso, entraban en competencia con los que estábamos en la escuela del profesorado de EGB pública que cumplieran los mismos requisitos. Con todos esos mimbres, el curso 1978-1979 fue un cesto revuelto en un campus mucho más reivindicativo que el actual y, aunque las clases se normalizaron más o menos con el cambio de año, anduvimos todo el curso imbuidos de la vorágine previa.