Uso pedagógico y humanista de las tecnologías del aprendizaje y el conocimiento en las aulas

En los últimos tiempos, el debate sobre el papel de las tecnologías digitales en la educación se ha intensificado. Algunas familias y sectores sociales expresan su preocupación por los posibles riesgos del uso excesivo de pantallas en la infancia y adolescencia, mientras que algunas administraciones educativas, como recientemente en Aragón, establecen limitaciones a su utilización en las aulas. Entiendo esas inquietudes y comparto la necesidad de establecer un marco claro de uso responsable, pero dudo mucho que la restricción de su uso educativo solucione un problema que rebasa el ámbito escolar. No se puede controlar el uso privado de los dispositivos salvo por mandato judicial, así que la restricción educativa no pasa de ser un recurso tan fácil como probablemente ineficaz que no ha pasado por más debate entre la comunidad educativa que una entrega de firmas, ni siquiera masiva, a la consejería de educación.

Imagen realizada con Gemini.

No entraré en el uso que se hace de los dispositivos en el entorno doméstico o relacional de la infancia y la adolescencia más allá de decir que merece una reflexión mucho más profunda que la que se ha realizado sobre su uso en el aula. Sin embargo manifiesto mi disconformidad con limitar, como si de la dosificación de un medicamento se tratara (a las 10, la píldora de las TAC, dos veces por semana en días alternos y en ayunas),  la utilización de las tecnologías del aprendizaje y el conocimiento, de la información y de la comunicación, de la participación, en fin, en las aulas de una manera tan rígida que nada tiene que ver con su utilidad en momentos concretos del aprendizaje, un lugar (las aulas) y un  proceso (el de aprender) donde, precisamente, su uso ya está regulado por criterios psicopedagógicos y donde su utilidad en el aprendizaje (y no en el ocio) es incuestionable.

Desde una visión eminentemente pedagógica, defiendo que las tecnologías digitales no deben ser percibidas como una amenaza, sino como una herramienta imprescindible para enriquecer el aprendizaje y preparar a las futuras generaciones para desenvolverse en la sociedad del siglo XXI, humanizando el concepto ineludible de ciudadanía digital consciente, participativa, humanista, democrática y libre. Y es que lo que resulta perjudicial no es la tecnología en sí misma, sino el uso acrítico y el abuso que conduce a la adicción.

1. La dimensión didáctica: enriquecer los aprendizajes

El aula del siglo XXI es un aula multidisciplinar donde han de convivir todas las circunstancias que concurren en la vida. Saber escribir con coherencia en un cuaderno es tan necesario como hacerlo en un dispositivo, de la misma forma que leer comprensivamente en un libro es tan importante como hacerlo en una pantalla, máxime cuando una de las principales fuentes de lectura y de información que tendrán (que tienen) los actuales alumnos y alumnas es, precisamente, la pantalla y no se aprende a leer (o a escribir) de la misma manera en papel que en pantalla. El aula del siglo XXI no puede concebirse únicamente con las herramientas del pasado: La incorporación de tecnologías digitales en los procesos de enseñanza y aprendizaje ofrece oportunidades únicas que enriquecen la práctica educativa:

  1. Acceso a información y recursos ilimitados.
    El alumnado puede consultar en tiempo real datos actualizados, bibliotecas virtuales, simulaciones científicas, materiales audiovisuales o entornos de aprendizaje interactivos. Este acceso democratiza el conocimiento y rompe las barreras geográficas y económicas.
  2. Diversificación de metodologías.
    Las tecnologías permiten implementar estrategias como el aprendizaje basado en proyectos, la gamificación, la clase invertida o la realidad aumentada. Estas metodologías fomentan la motivación, la autonomía y el pensamiento crítico.
  3. Atención a la diversidad.
    Las herramientas digitales facilitan la personalización de los aprendizajes, adaptándose a distintos ritmos, estilos cognitivos y necesidades educativas. Los recursos inclusivos y su flexibilidad de adaptación amplían las posibilidades de participación.
  4. Desarrollo de competencias clave.
    El uso pedagógico de la tecnología contribuye al desarrollo de la competencia digital, de la competencia de aprender a aprender y de la competencia de comunicación lingüística y matemática, entre otras. No se trata solo de aprender contenidos, sino de aprender a utilizarlos en contextos significativos.
  5. Evaluación innovadora.
    La tecnología posibilita nuevas formas de evaluación formativa y continua, mediante rúbricas digitales, portafolios electrónicos, cuestionarios interactivos o sistemas de retroalimentación inmediata.

En definitiva, la tecnología a los métodos tradicionales, sino que los complementa y amplifica. El reto es integrarla de forma coherente dentro de un proyecto pedagógico claro y en eso es en lo que debería ocuparse la comunidad educativa. ¿Es coherente usar las tecnologías un máximo de 2 horas lectivas semanales en cuarto de primaria (así de taxativa es la norma) si el proyecto que estamos realizando (un viaje a través de los países de procedencia de nuestro alumnado multicultural, por ejemplo) requiere que usemos 3 horas los dispositivos?

2. La dimensión educativa: hacia una ciudadanía digital humanista

Más allá de lo puramente didáctico, las tecnologías en las aulas son un medio para formar ciudadanos responsables en una sociedad digitalizada. Pretender excluirlas sería privar al alumnado de herramientas básicas para comprender y transformar el mundo que les rodea y resulta imposible formar futuros ciudadanos competentes en la sociedad digital (con todo lo que ello implica, no solo de manejo, sino de autonomía crítica respecto de la tecnología) sin usar medios digitales.

  1. Ciudadanía digital crítica.
    Es imprescindible que los y las estudiantes aprendan a discriminar la información fiable de la falsa, a proteger su privacidad y a ejercer un uso responsable de las redes sociales. El aula debe ser un espacio seguro donde ensayar estas competencias y estos ensayos no pueden hacerse únicamente con papel y lápiz.
  2. Ética y valores en la red.
    La tecnología debe ponerse al servicio de valores humanistas: la cooperación, el respeto, la justicia social, la solidaridad o la sostenibilidad. El alumnado debe comprender que la digitalización no puede separarse de la ética.
  3. Participación democrática.
    Las plataformas digitales son hoy espacios de deliberación pública. Enseñar a utilizarlas con responsabilidad y espíritu crítico fortalece la participación ciudadana, la capacidad de expresión y la construcción colectiva de conocimiento.
  4. Preparación para el futuro laboral.
    La mayoría de los empleos presentes y futuros exigen y exigirán competencias digitales. Formar a los estudiantes en estas habilidades no es un capricho ni una moda, sino una condición de equidad y justicia social.
  5. Conciencia global.
    Las tecnologías permiten conectar aulas de diferentes lugares del planeta, generando experiencias interculturales, proyectos colaborativos internacionales y una visión global de los problemas comunes de la humanidad.

El enfoque educativo debe, por tanto, ser humanista y crítico: no basta con enseñar a manejar dispositivos, es necesario comprender sus implicaciones sociales, económicas, ideológicas y culturales, dentro de un marco pedagógico claro que regule su uso de una forma flexible, fomente la responsabilidad y persiga aprendizajes significativos.

3. Los riesgos del prohibicionismo

Comparto la preocupación de familias y administraciones ante fenómenos como la adicción a pantallas, la exposición a contenidos inadecuados o la disminución de la atención. Pero la respuesta no puede ser la prohibición indiscriminada, sino la utilización consciente y crítica.

Prohibir el uso de tecnologías en el aula equivale a renunciar a educar en su uso. Supone delegar en el ocio y en el ámbito privado una tarea que debería ser compartida por la comunidad educativa. En lugar de preparar a los niños y adolescentes para enfrentarse al mundo digital, se les abandona a su suerte, y es que la educación digital no es una ocurrencia, es un derecho:

El artículo 83 de la Ley Orgánica de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales. (Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre), establece que: El sistema educativo garantizará la plena inserción del alumnado en la sociedad digital y el aprendizaje de un consumo responsable y un uso crítico y seguro de los medios digitales y respetuoso con la dignidad humana, la justicia social y la sostenibilidad medioambiental, los valores constitucionales, los derechos fundamentales y, particularmente con el respeto y la garantía de la intimidad personal y familiar y la protección de datos personales.

Además, la prohibición genera una brecha educativa: aquellos estudiantes que sí tienen acceso y acompañamiento en casa desarrollan competencias digitales, mientras que quienes dependen de la escuela quedan en desventaja. Esto atenta contra los principios de equidad e igualdad de oportunidades.

4. Principios para un uso educativo de las tecnologías

Propongo los siguientes principios para guiar la integración de las TAC en las aulas:

  1. Equilibrio. No todo debe ser digital ni todo debe ser analógico. El aprendizaje más enriquecedor surge de la combinación de ambos mundos, de todos los mundos en realidad porque lo que está en la vida ha de estar en las aulas.
  2. Finalidad pedagógica. La tecnología debe estar siempre al servicio de los objetivos educativos, nunca ser un fin en sí misma.
  3. Formación docente. Es imprescindible dotar al profesorado de formación continua en competencia digital, metodologías innovadoras y gestión crítica de las tecnologías.
  4. Participación de las familias. Deben implicarse en el proyecto educativo, conocer los objetivos y colaborar en la educación digital de sus hijos.
  5. Evaluación constante. Cada centro debe analizar periódicamente el impacto del uso de las tecnologías en los aprendizajes, ajustando estrategias cuando sea necesario.
  6. Confianza docente y autonomía de los centros entendidos como comunidad educativa. Son los proyectos educativos, curriculares y programaciones docentes quienes deben establecer el uso de las tecnologías como herramientas de aprendizaje. (Cuando una norma, como la aragonesa, incide en que el uso debe hacerse bajo la supervisión directa del docente parece poner en duda que hasta la fecha el uso de las TAC se haya hecho con esa supervisión).
  7. Enfoque humanista. La tecnología debe ponerse al servicio de la dignidad humana, el desarrollo integral del alumnado y la construcción de una sociedad democrática.

5. Conclusión: educar para el futuro

La educación tiene la responsabilidad de preparar a los estudiantes para vivir en la sociedad que ya existe y en la que existirán mañana. Esa sociedad es digital, interconectada, compleja y globalizada.

Renunciar a integrar la tecnología en la escuela por miedo a sus carece de sentido; no se trata de elegir entre tradición o innovación, sino de contextualizar la educación en las exigencias de la sociedad actual.

Defiendo, por tanto, un uso pedagógico, crítico y humanista de las tecnologías en la educación. Porque educar en la era digital no significa solo enseñar a usar dispositivos, sino formar a ciudadanos capaces de pensar, sentir, crear y transformar el mundo con responsabilidad y solidaridad.

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